Mi hermosa lavandería
'¿Me subes el brillo?'
Indefectiblemente, cuando presento mi teléfono para que escaneen el billete de tren o avión, me piden que suba el brillo de la pantalla y vivo atemorizada con la posibilidad de que el brillo de mi pantalla estalle y mi teléfono se vaya a la porra y el billete no sirva. Creo que a los que crecimos entre papeles y cosas tangibles los códigos de barras y los códigos sin barras, las tarjetas de pago en el móvil y esas cosas que, según los anuncios, te hacen la vida más fácil, nos dan mucho reparo: siempre esperamos que la cosa no sirva, que nos rechacen al último puesto de la cola, que no nos dejen montar ni en un auto de choque, que no nos acepten.
Confieso que los auriculares sin cables también me asustan: pienso siempre que el bluetooth no va a funcionar y que, si funciona, igual se ... pierde en esas ondas raras de por ahí y se me va a meter en los auriculares el último engendro de Machine Gun Kelly. Y lo peor es que una vez me ocurrió, lo cual confirmó mis peores temores sobre la tecnología. Todavía tengo escalofríos cuando lo pienso.
La vida más fácil no te la hacen ni los teléfonos ni las 'apps' ni el 'bluetooth' ni los tutoriales de YouTube que pretenden hacértela. La vida no es fácil por definición, eso para empezar...
La vida más fácil no te la hacen ni los teléfonos ni las apps ni el bluetooth ni los tutoriales de YouTube que pretenden hacértela. La vida no es fácil por definición, eso para empezar. Podemos intentar simplificarla un poco, podemos desear menos cosas, trabajar menos, domesticar nuestras ambiciones, conformarnos con menos. Y aprender a desaprender, admitir que la ambición desmedida no ha llevado a nadie a ser más feliz ni a estar más tranquilo ni más contento ni más nada. Hay miles de manuales por ahí predicando todas las maneras posibles de arreglarnos la vida con múltiples variaciones del enunciado anterior. Podríamos pasar toda una vida leyéndolos.
Leí un cuento hace muchos años en el New Yorker que era la historia de una escritora de manuales de autoayuda y su romance con una fotógrafa que tenía que hacerle la foto de la contraportada. Había un momento en la historia, cuando la fotógrafa revelaba los retratos, que aparecía la verdadera cara de la fotografiada y era la cara de alguien terriblemente cínico que la última cosa que haría es comprarse un libro de autoayuda y, menos aún, hacerle caso. Ahora, los manuales de autoayuda no son el problema: son los miles de app y tutoriales que aseguran que pueden hacernos más equilibrados, más fuertes, más zen, más fuertes, menos lerdos, más políglotas, con una microbiota como los chorros del oro, sin traumas y con unos gestos a la hora de bailar el tango que flipas.
El dinero que se mueve con estas apps es ingente. He picado muchas veces porque, debajo de mi coraza de escéptica/cínica, yace un corderito que quiere creer que su vida cambiará a infinitamente mejor si paga 80 euros al año a un señor de Corea que en sus ratos libres pretende ser un maestro de zen o de capoeira o de taichí o de algo. O que unos simples ejercicios practicados ancestralmente por los aborígenes australianos, combinados con pastillas de raíces de baobab, harán desaparecer mi desafortunada tendencia a la procrastinación o a la vagancia más pura.
El revisor me pide por segunda vez que suba el brillo. Miento, hago ver que lo subo y le presento el mismo, esta vez con mucha más fe. Esta vez el escaneo funciona y me deja pasar. La actitud lo es todo.