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Mi hermosa lavandería

No quiero ir al colegio

Isabel Coixet

Quiero quedarme mucho rato en la cama. Igual hasta las 10. O las 12, ya que estamos. Quiero no tener planes. O muchos planes diferentes, tantos que me quede sin hacer ninguno. Quiero desayunar a las tres de la tarde. Y echar una siesta que empalme con la hora de la cena. No quiero responsabilidades. No quiero autorizar cosas, ni reunirme para hablar de cosas, ni tener que hacer cosas. No quiero firmar cosas. Ni ver un recibo más en mi vida.

Quiero aprender las cosas esenciales que nunca conseguí aprender: que las plantas no se me mueran, montar un mueble de Ikea sin querer asesinar al pueblo sueco en su totalidad

Quiero llevar una camiseta rota todo el día y olvidarme los pantalones. Quiero vaguear a lo grande. Quiero dejar de ocuparme de las cosas que me aturullan y me aburren y no me gustan y no sé ni por qué las hago. No quiero esforzarme ni siquiera por las cosas que me interesan de verdad. Quiero releer a Proust e ir del camino de Swann hasta perder a Albertine. Quiero que todo sea fácil y tierno y ligero y divertido y entrañable. Casi como una película de Blake Edwards. Quiero ser Peter Sellers en The Party. O el elefante en la piscina mientras se le descorre la pintura.

Quiero hacer como que no sé lo que pasa por el mundo y extasiarme con los récords olímpicos, los discursos pensados para hacer historia entre los vítores de la una multitud entregada y los coaches en TikTok que te enseñan a tener buena postura y buena cara con gestos que hay que hacer mil veces cada día hasta que te mueras de aburrimiento. Quiero olvidarme de todo lo que sé y aprender las cosas esenciales que nunca conseguí aprender: que las plantas no se me mueran, que el pescado no se pase en el horno, montar un mueble de Ikea sin querer asesinar al pueblo sueco en su totalidad, hacer un pícnic sin olvidar los huevos duros con mayonesa. Puedo hasta prescindir de lo del mueble de Ikea.

Vuelvo a tener siete años y es el día antes del colegio y, aunque me gusta el colegio, hoy me aterra la idea de un nuevo profesor, una nueva clase, nuevos compañeros (con lo que me costó acostumbrarme a los viejos…).

Me duelen la cabeza, las piernas, la barriga. Sueño con tener fiebre, una fiebre repentina y veloz que me impida ir al colegio. Miro mi cartera y mi plumier flamantes y los calcetines nuevos, preparados ya para el día siguiente y no doy crédito: en mi cabeza recorro el camino al colegio lentamente, de memoria; me pesan los zapatos, todo va despacio, no consigo llegar. Y ya es por la mañana y hace fresquito y el aire pesa.

Creo que cada septiembre me siento así y tengo que recordarme que, una vez superado el primer día, te acostumbras a alejar de ti al enorme vagazo que llevas dentro, disimulas bien las ganas de no hacer nada hasta que te convences a ti misma de que el colegio (o lo que es lo mismo, la vida profesional) no está tan mal. Un día mi padre me dijo: «¿Te imaginas cómo sería si no hiciéramos nada durante once meses y las vacaciones fueran el único momento en que trabajáramos?». Me pareció una de las cosas con más sentido que he oído en mi vida. Lo pienso mientras me dirijo al primer día de rodaje de mi próximo proyecto. El colegio no se acaba nunca.

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