Hay películas que se disfrazan de provocación para hablar, en realidad, de algo mucho más antiguo y universal: el deseo de ser visto por quien ... amas. Pillion, ópera prima del director británico Harry Lighton, es una de ellas.
La historia arranca en la víspera de Navidad en un pub de extrarradio londinense. Colin –interpretado con una ternura desconcertante por Harry Melling–, un joven auxiliar de control de tráfico tímido que vive con sus padres en Bromley, cruza la mirada con Ray (Alexander Skarsgård, para mí, la mejor interpretación del año con diferencia, diga lo que diga la academia de Hollywood), un motorista vestido de cuero, sexy hasta decir basta y de pocas palabras, que no necesita hablar para imponer su voluntad. La seducción ocurre en silencio: Ray simplemente pone el dinero sobre la barra y mira a Colin. Colin paga. Como recompensa, recibe una tarjeta de Navidad con una hora y un lugar anotados. Así empieza todo.
Lo que sigue podría parecer, en su superficie, la crónica de una relación de dominación y sumisión dentro de un club de moteros gay con roles estrictamente codificados. Y lo es. Pero Lighton –con una inteligencia formal que recuerda a la mejor comedia de costumbres inglesa– entiende que las reglas más rígidas son las que revelan, al romperse, lo que de verdad está en juego. Pillion no es una película sobre el kink: es una película sobre lo que una persona es capaz de ceder para ser amada, y sobre el momento en que descubre que ese sacrificio ya no le alcanza.
La palabra 'pillion' designa el asiento trasero de una motocicleta –el lugar del pasajero, del que no conduce–. En el argot queer, también significa 'pasivo'. Lighton construye sobre esa doble metáfora toda la arquitectura emocional del filme: Colin ocupa ese lugar con una entrega que no es debilidad, sino una forma particular de amor. Melling transmite con maestría la paradoja de un hombre cuya baja autoestima florece precisamente dentro de su sometimiento, y que, sin embargo, va ganando, lentamente, la firmeza suficiente para pedir más. Ambos actores bordan sus roles con inteligencia, sensibilidad y arrojo.
El verdadero motor de Pillion no es la tensión sexual –aunque esté plenamente presente en pantalla–, sino el momento en que Colin empieza a querer algo que Ray no está dispuesto a dar: un beso, un desayuno, un día sin reglas. Cuando le propone a Ray que una vez a la semana sean simplemente dos personas juntas –salir en moto sin jerarquías, desayunar como pareja–, Ray le responde con un «no» rotundo y sin explicaciones. Colin, en lugar de resignarse, se rebela. Y ese acto de rebeldía, pequeño y doméstico, es quizá el gesto más romántico de la película.
La inteligencia del guion reside en no negarle nunca su dignidad a ninguno de los dos. Ray no es un villano; es un hombre que ha construido su mundo de forma tan cerrada que no sabe cómo abrirlo sin que se derrumbe. Colin no es una víctima; es alguien que elige libremente un amor difícil y que crece dentro de él. La película no juzga –y esa palabra importa– la cartografía del aprisionamiento emocional de uno y el autodescubrimiento del otro. Como en las mejores historias, quien parecía más débil resulta ser quien más gana.
La novela original de Adam Mars-Jones, Box Hill, sitúa parte de su acción en el mismo escenario del famoso pícnic de Emma, de Jane Austen. No es un guiño inocente: Pillion es, a su manera, una comedia de modales subvertida en la que la torpeza de las clases y los códigos sociales conviven con la ternura más inesperada. La escena en que Ray cena con los padres de Colin –encarnados con enorme vis cómica por Douglas Hodge y Lesley Sharp– y el mayor cumplido que es capaz de dedicarle al hijo es que «tiene aptitud para seguir instrucciones» resulta a la vez absurda y absolutamente conmovedora.
Pillion es la película que Lighton ha llamado una «dom-com» –su propio término, variante del rom-com–, y la etiqueta es perfecta: hay en ella todo el malentendido, la obstinación y la comicidad involuntaria del amor romántico clásico, solo que reencuadrados en un mundo donde las reglas del deseo se exhiben en lugar de ocultarse.
Al final, lo que queda es una historia sobre dos personas que se necesitan de maneras que ninguna de las dos sabe del todo articular. Eso tampoco es tan diferente de cualquier otra historia de amor.
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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