Mi hermosa lavandería
Quién o qué soy
No sé muy bien qué soy ni quién. Percibo en mí fragmentos de mis padres –el gesto de mi madre, los tics de mi padre, una cierta manera de ir por la vida con modestia y los ojos muy abiertos– que no sé aún si me definen por completo. Las personas somos como esos edificios que están derribando y en sus muros podemos ver las sucesivas capas de papeles pintados con que sus sucesivos dueños decoraron las paredes: geometrías años setenta, flores, motivos bucólicos, pájaros, gotelé…
Yo creí que llegado este momento, habiendo cruzado más de la mitad de los años que no sé si viviré, sabría más cosas, muchas más
Me preguntan muchas veces por las cosas que me han marcado en la vida y hablo de cosas que honestamente no sé si me han marcado. En el contexto de una entrevista o una conversación ante el público, invariablemente reescribimos el pasado en pos de hacerlo digerible y siempre tengo la sensación de que no es eso, no es eso lo importante.
¿Y qué es eso? ¿Qué nos construye? ¿La clase social en la que nacemos? ¿El amor o el desamor de nuestros padres? ¿La educación? ¿La curiosidad innata o no? ¿Las películas, los libros, los cuadros? ¿Las penas, las enfermedades, los encuentros, las amistades? ¿Nuestra manera de hacer frente a la adversidad? ¿Nuestra manera de sobreponernos a nuestra propia naturaleza? ¿O esos momentos de una banalidad absoluta en los que levantamos la vista de lo que estamos haciendo y la fijamos en un punto que está más allá de lo que tenemos delante y que nunca seríamos capaces de explicar? Esos momentos donde no estamos aquí, sino en otro lugar, sin espacio ni tiempo ni textura. Fuera de todo. O quizás esos brevísimos momentos de iluminación donde por unos instantes sentimos que entendemos algo sagrado e indefinible.
Probablemente es todo eso lo que nos construye: los años, los momentos, los pasos adelante, los pasos atrás, la cabezonería, las vueltas y revueltas y giros del destino, las horas muertas en salas de espera, los ratos sin móvil y sin conexión que, paradójicamente, nos conectan con nosotros más y mejor. La belleza. La comida. El dolor. Soñar despierto. Cuando conocemos a alguien que nos mira con cariño, sin juzgarnos y nos sentimos menos solos.
Eso sé de mí: que juzgo demasiado, todo el rato; me gustaría no hacerlo. Me gustaría mucho. Lo pongo en la lista de las cosas a evitar junto con dedicarle demasiado tiempo a saber cosas sobre gente que en el fondo me interesa tres pepinos. O ni siquiera uno. Añado los enfados sobre cosas que no tienen arreglo. Y admitir que hay cosas que no tienen arreglo. No lo tienen.
Yo creí que llegado este momento, habiendo cruzado más de la mitad de los años que no sé si viviré, sabría más cosas, muchas más. Todo. Algunas sé: que puede haber mala gente en todos lados y buena también; que las cortinas del baño, siempre por dentro; y que todos, tanto los billonarios como los pobres de solemnidad, nos iremos de aquí sin saber muy bien por qué llegamos ni a qué.