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Mi hermosa lavandería

Relato o cuento chino

Isabel Coixet

Hay pruebas convincentes que indican que la comprensión narrativa es una de las primeras facultades mentales que aparecen en los niños pequeños y una de las formas más utilizadas de organizar la experiencia. La verdad narrativa se juzga por su verosimilitud más que por su verificabilidad. De hecho, la narrativa, en lugar de referirse a la ‘realidad’, puede crearla o constituirla.

Se puede pensar en el género narrativo no sólo como una forma de explicar las dificultades humanas, sino también como una guía para usar la mente, en la medida en que el uso de la mente está guiado por el uso de un lenguaje que habilita la comprensión y la comunicación. Los humanos somos narrativos por naturaleza. Nos convertimos en las historias que nos contamos a nosotros mismos. Organizamos nuestra experiencia y nuestra memoria de los acontecimientos que experimentamos o presenciamos con historias, excusas, leyendas, cuentos, mitos, razones para hacer y no hacer... una versión de la realidad cuya aceptabilidad se rige por la convención y la ‘necesidad narrativa’ en lugar de por la verificación empírica y exigencia lógica, aunque, irónicamente, no tenemos ningún escrúpulo en llamar a las historias verdaderas o falsas según nos convenga. Somos como tiradores de dardos que dibujan el círculo alrededor del dardo, caiga este donde caiga, y lo llamamos triunfo.

Sin escrúpulos, llamamos a las historias verdaderas o falsas según nos convenga. Somos como tiradores de dardos que dibujan el círculo alrededor del dardo, caigaeste donde caiga, y lo llamamos triunfo

En la abogacía lo saben bien y basan su estrategia justamente en la construcción del relato: hay indefectiblemente que presentar al acusado como víctima y convertir a los ojos de jueces y jurados a la víctima en culpable. Hay que buscar detalles sórdidos de la vida del que acusa y hacer como que se ignora la sordidez en el comportamiento del acusado. Las piruetas de los abogados son un prodigioso ejercicio de borrado y reconstrucción de una realidad que poco o muy poco tiene que ver con los hechos. Cualquier película de juicios nos permite ver que ganar o no ganar un juicio tiene más que ver con la fuerza de un relato que con demostrar si la bala entró por el flanco izquierdo y salió por el derecho o si el acusado tuvo una infancia lo suficientemente desgraciada.

El mundo del arte también es especialmente proclive a este mecanisno: una de las cosas que más vergüenza ajena produce, es el periplo de un artista en una galería explicando a sus posibles compradores el auténtico sentido de las piezas expuestas. Si a eso se une la verborrea rebuscada de curators y críticos, buscando y construyendo un sentido a algo que no está tan claro que lo tenga, ya tenemos el caldo de cultivo perfecto del que nacen los artistas consagrados y los sempiternos ‘diálogos’ entre obras, artistas o colecciones. Tú pones una escultura, la que sea, al lado de una bolsa reciclada del Carrefour y ya tienes montado un diálogo, aunque sea de sordos.

En el mundo del cine o la literatura pasa tres cuartos de lo mismo, incluso con más simpleza: basta que una película o un libro lleve en su enunciado un tema de algo que se lleva o del que se habla en los medios y tenemos ya el discurso listo, aunque nada en el libro o la película cuestione, expanda o desarrolle el tema en cuestión. La manera en que se comunique ese tema en los medios basta para insuflar de contenido algo que sólo lo tiene en su enunciado. Y, así, alrededor de ciertas obras se crean mitos que parece que nadie se atreve a cuestionar y, una vez creados, esos mitos avanzan como una imparable bola de nieve. El relato se impone a lo relatado. Y ya no sabemos si es relato o sólo un cuento chino.

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