Mi hermosa lavandería
Vidas pasadas de hoy
Isabel Coixet
He visto la ingeniosa película de Pablo Larraín El conde, donde Pinochet es mostrado como un patético vampiro que pasea en chándal apoyado en un andador y en la que se especula sobre sus orígenes; al parecer, hijo de una vampira del siglo XVIII (que más tarde en la trama se revela con un giro final), espectador de la muerte en la guillotina de María Antonieta, soldado de Napoleón. Lo vemos volar sobre Santiago de Chile, asesinando a sus víctimas, arrancando sus corazones y metiéndolos en una batidora para hacerse un reconstituyente smoothie.
Larraín intenta aferrarse a una construcción fantástica porque la idea de racionalizar y explicar qué sucedió realmente es demasiado dura, extrema, simple, inhumana
Sus cinco hijos y su esposa, no menos patéticos que él, lo rodean intentando conocer el alcance de su fortuna, que, sin embargo, suponen mucho ... menor que la de otros dictadores, dónde va a parar. El mundo fue muy injusto con el general. A Pinochet le gustaba robar y matar. No está claro si en este orden. Si más una cosa que otra. La imagen vampírica convierte la película en una exploración del mal, más allá de su ubicación geográfica. Siempre ha habido personas sedientas de poder, capaces de hacer cualquier cosa por él: traicionar, torturar, asesinar.
En un momento de la película, el conde y su esclavo, vampiro también, intercambian una risotada: ninguno de ambos posee ya alma, son dos meras carcasas, y un exorcismo no conseguiría detenerlos, están vacíos, no tienen nada por dentro. La espectacular fotografía en blanco y negro de Ed Lachman tiñe la película de una belleza pesadillesca. El rostro de la monja exorcista hace pensar en Maria Falconetti en La pasión de Juana de Arco, de Dreyer. Parece que actúa en éxtasis cuando interroga a los hijos sobre sus trapicheos económicos y el éxtasis se multiplica cuando se transforma a su vez en un íncubo. Su inocencia es engañosa, actúa en las sombras para acabar con el conde y no establecer justicia; bien al contrario, para robarle lo robado por él para la Iglesia, que no se cree lo suficientemente recompensada.
Mucha gente quizás pensará que Larraín caricaturiza simplemente a Pinochet y su entorno y no profundiza en las raíces del mal y en las consecuencias de sus horrendos actos. Pero ¿es posible contar la historia de la dictadura de Pinochet, o de tantas dictaduras, de manera lineal, historicista? ¿Cómo se explica que un país que vota a Allende pase después 17 años de dictadura? ¿Cómo explicarnos 40 años de nuestra propia dictadura? ¿Cómo explicar esa letal combinación de represión y miedo con que los dictadores que en el mundo han sido y son gobiernan y tienen a sus pueblos bajo el yugo? Cuando Larraín habla de las vidas pasadas de Pinochet, intenta aferrarse a una construcción fantástica porque la idea de racionalizar y explicar qué sucedió realmente es demasiado dura, demasiado extrema, demasiado simple, demasiado inhumana. Los vampiros se cansan de vivir porque nunca hay sangre suficiente que calme su sed. Y los mortales somos lo suficientemente estúpidos para seguir sin creer en ellos, aunque cada día haya pruebas de su ruin existencia.