Animales de compañía
'Animalitos'
Tal vez una de las alegrías más anchas del escritor veterano (si no está envenenado de cainismo o envidia saturnal, claro está) sea descubrir jóvenes de talento a quienes puede entregar la antorcha de la literatura, antes de que se le caiga de las manos. Y, desde luego, para los escritores jóvenes que toman la antorcha hay pocas experiencias tan gratas e ilusionantes –quien lo probó lo sabe– como sentir la hospitalidad y recibir el impulso de sus mayores en el oficio y poder llamar amigos a quien también son sus maestros.
Esta pulsión autodestructiva aflora en la vida de Inés como si fuese un signo o sino generacional
Hoy traigo la alegría de saludar desde esta tribuna a una joven que acaba de estrenarse como escritora pública, Lucía Alba Martínez, a quien conocí ... cuando todavía era escritora secreta y andaba dándose testarazos contra la pared en blanco de la escritura, que a veces –demasiadas veces– es una celda en la que uno puede llegar a volverse loco. Lucía Alba conocía sobradamente, además, las asperezas del oficio (de casta le venía a la galga); así que su acercamiento a la literatura, que había mamado desde la cuna, no adolecía de esas ensoñaciones un tanto mitómanas que algunos jóvenes conciben sobre un oficio. Como esos gatos que se enmarañan con el ovillo de lana con el que juegan, Lucía Alba había escuchado desde niña los buenos libros que su padre le leía en voz alta; y de pronto se vio enmarañada de literatura, enredada en la trampa de las palabras y sin posibilidad de escapatoria. Lucía Alba empezó entonces a escribir, al principio atolondradamente y a ratos, como quien juega; pero pronto descubriría que el juego se volvía comprometedor y peligroso, y que no admitía marcha atrás.
Entre el atolondramiento y el compromiso irrenunciable ha escrito Lucía Alba Animalitos (AdN Editorial), que es una novela (o nivola, que diría Unamuno) muy transparentemente autobiográfica, muy intimista y confesional, llena de una verdad humana trémula, por momentos impúdica, por momentos desgarradora. Inés, la narradora de Animalitos, es –como la propia autora– una joven llena de perplejidades ante un mundo hosco o aturdidor; y a cada poco necesita refugiarse en la infancia mitológica, o en los sueños que transmutan la realidad. Una de las reglas literarias más divulgadas nos aconseja evitar contar nuestros sueños en un libro; y Lucía Alba infringe concienzudamente esta regla (al escritor de ley se le distingue porque infringe siempre todas las reglas de la preceptiva literaria), refiriendo en Animalitos los sueños de su protagonista, que son siempre una suerte de placenta que contiene el líquido amniótico de la infancia perdida, la infancia que quiere traer a su vida presente, para que la proteja de sus fragilidades, que son propias y compartidas. Porque los amigos de Inés parecen estar también sacudidos por las mismas fragilidades que ella.
Inés y sus amigos están poseídos por una –digámoslo así– tierna pulsión autodestructiva. Son como aquellos niños terribles de Cocteau: por un lado, muy precoces y deseosos de probar paraísos prohibidos o infiernos autorizados; por otro lado, muy necesitados de calor humano, con algo de cachorros ateridos que han sido expulsados a la intemperie antes de tiempo. «No soy feliz, pienso, porque tal vez he sido demasiado feliz. Y me regodeo en mi tristeza hasta que me doy pereza a mí misma», confiesa en algún pasaje de Animalitos la protagonista Inés, que para salir de esa trampa de la tristeza –como una resaca de la felicidad perdida– necesita oscuramente acuchillar su sensibilidad, necesita hacerse daño, necesita «convertir todo lo íntimo y hermoso en sucio y miserable». Esta pulsión autodestructiva aflora en la vida de Inés como si fuese un signo o sino generacional y una herida abierta que no deja de sangrar e implorar ayuda (o siquiera la compañía de otra herida sangrante). De ahí que los sueños y la regresión a la infancia se conviertan en el refugio constante de la protagonista; sueños «en los que nadie llora ni se enfada», sueños «en los que somos felices y tenemos tiempo, todo el tiempo que nos ha faltado y que nos falta». Pero a la postre la protagonista descubrirá que «los sueños son trocitos de realidad» y que tampoco en ellos somos felices, ni tenemos tiempo.
No faltan en Animalitos los remansos elegíacos, evocación de una arcadia solar, y los rasgos de un humor muy finamente socarrón. Animalitos tiene el aroma de un Bonjour, tristesse de la generación millennial, una terrible pureza de sentimientos y desconciertos que resulta a la vez perturbadora y conmovedora, muy pudorosamente poética. Y uno se queda acurrucado entre sus páginas como hace su protagonista en la litera con su novio, «asustados y pegados el uno al otro como hacen las foquitas o los osos o todos los animales, grandes o pequeños, cuando empieza el frío».