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Animales de compañía

Barroco (y II)

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Otra de las calumnias circulantes sobre el Barroco, reveladoras de la falta de sentido de lo sacro propia de nuestra época, es presentarlo como un movimiento pesimista. El arte barroco puede, desde luego, señalar que en la belleza de las cosas anida su decrepitud, pero sin olvidar que esa decrepitud es semilla de inmortalidad. Frente al idealismo renacentista, que exaltaba la belleza de la materia, el realismo barroco no deja de recordarnos que esa belleza es pasajera y accidental, apenas una fugitiva apariencia en la que late secretamente la fealdad, un falso esplendor en el que palpita la gangrena del tiempo, heraldo del dolor y de la muerte. De este modo, la fugacidad de la vida, que para el Renacimiento había sido un opíparo botín que debía ser urgentemente apresado, se convierte en el Barroco en objeto de meditación y melancólica gravedad. El Barroco no niega la belleza del mundo, pero la juzga fungible y, por lo tanto, insuficiente para colmar los anhelos humanos; de ahí que cada júbilo porte una semilla de desengaño, de ahí que cada instante nos recuerde que somos ‘presentes sucesiones de difunto’, de ahí que las pompas mundanas se tiñan de postrimería.

El Barroco es un arte espiritualizado que trata de alzarse sobre la materia sin renunciar a ella, como habían probado las estéticas idealistas

Pero esta inquietud, que se plasma en un arte convulso y desgarrado, no es ni mucho menos desesperada; junto a las formas que pesan y ... arrastran al hombre hacia la tierra, el Barroco celebra las formas que vuelan e impulsan al hombre hacia el cielo. Y ambas formas entablan un combate desgarrador: el hombre está lastrado por las consecuencias del pecado original; pero para superar esa condición frágil cuenta con una inyección de sobrenaturalidad, cuenta con la acción de la gracia peleando con el barro con que ha sido modelado. En el arte barroco lo sacro y lo profano entablan un combate formidable: el pecado y la conversión, la carnalidad más escabrosa y el misticismo más sublime disputan el protagonismo, haciendo del ser humano y de la naturaleza entera una enconada palestra que parece a punto del rompimiento. Frente a los arquetipos idealizados del Renacimiento, el Barroco fija su atención en cada figura humana, en cada acción humana, en cada gesto humano, con exagerada minucia. Sabe que en el libre albedrío de cada hombre se dirime su destino; sabe que en las más asquerosas realidades de la vida puede anidar la Redención, sabe que en la gusanera está prefigurada la gloria.

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