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Animales de compañía

Bono cultural joven

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Se ha anunciado a bombo y platillo la concesión de un ‘bono cultural’ a todos los jóvenes mayores de dieciocho años, «destinado al consumo de productos y servicios culturales», entre los que se cuentan cine, teatro, libros, música, festivales, videojuegos y suscripción a plataformas digitales que procuran películas y series en línea. Por supuesto, tan sórdida iniciativa no ha hallado contestación convincente desde las tribunas mediáticas (que, a fin de cuentas, participan del chollo), ni tampoco desde otras facciones políticas, unidas todas en esa reverencial idolatría a la ‘cultura’ propia de la gente ignorante. Si acaso se ha sugerido tímidamente que el bono en cuestión es una medida clientelar, que compra el voto de los jóvenes; cuando lo cierto es que sus ambiciones son infinitamente más mayores.

"Cultura es el alimento que el alma necesita para lanzarse al conocimiento del mundo; y ese alimento no puede ser un ‘producto’"

Sin entrar siquiera en el fondo de la cuestión, se podría haber señalado que tal bono se destina al ‘consumo’ de ‘productos’. Ambas palabras sirven ... para describir la naturaleza de una medida corrosiva, que en efecto trata de azuzar hábitos consumistas y dirigir la curiosidad y el anhelo de conocimiento de los jóvenes hacia ‘productos’; es decir –como la propia etimología de la palabra nos indica–, hacia cosas que han sido fabricadas con el propósito de que seamos ‘guiados’, ‘conducidos’ (ductus) hacia los rediles que interesan al sistema. En realidad, la expresión ‘producto cultural’ constituye un oxímoron delator: pues ‘cultura’, en la acepción clásica de la palabra, es el alimento que el alma necesita, para lanzarse al conocimiento del mundo; y ese alimento no puede ser un ‘producto’ (algo fabricado con el fin de guiarnos hacia un redil), sino exactamente lo contrario: algo que, aun estando fuera de nosotros, nos reconcilia con lo que somos. Lo que nuestra época denomina cínicamente ‘cultura’ es, por el contrario, el ruido que nos distrae e impide saber lo que somos; un puro ‘consumo’ que aturde y aísla el alma, hasta convertirla en un vertedero donde tienen cabida todos los paradigmas sistémicos. Si la ‘cultura’ es, ante todo, un ‘vínculo’ con nuestra propia identidad (con nuestra tierra, con nuestros antepasados, con nuestra genealogía espiritual), los ‘productos culturales’ son ‘hipervínculos’ que, a la vez que nos desarraigan, nos lobotomizan, convirtiéndonos en rebaño sometido a las modas y encantado de dejarse pastorear.

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