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ANIMALES DE COMPAÑÍA

La brisa del cielo

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Durante los últimos meses, he estado indagando en la obra y en la vida de Santa Teresa de Jesús. Ha sido, en verdad, una experiencia ... vital muy purificadora que, además de brindarme el gozo literario del reencuentro con una escritura candeal y transparente, me ha permitido asomarme a los paisajes agostados de mi vida espiritual, tan invadidos de abrojos y malas hierbas. Andaba yo convaleciente de muchos dolores, escarmentado después de haber probado cálices amargos que hicieron que mi fe temblase como un junco; y leyendo a Teresa aprendí recordé tal vez que lo primero que debe hacer quien desea acercarse a Dios es renegar de los bullicios y pompas del mundo, cerrar los ojos y oídos a sus vanidades y seducciones para adentrarse en el castillo de su propia alma y atravesar muchas moradas, hasta llegar a la más íntima, allá donde por fin podemos entablar coloquio amoroso con quien sabemos que nos ama. Y todo ello no como un ejercicio de ensimismamiento (al estilo fatuo y zen propio de nuestra época), que no es, a la postre, sino endiosamiento propio, sino con un ímpetu de donación. Una de las cosas que más sorprende y cautiva de la personalidad de Teresa es su humor incombustible, que la lleva a reírse de sí misma y a tomarse a chirigota todas las potestades y autoridades terrenas; y también su sentido profundo de la obediencia, que en alguien que sufrió tantas persecuciones adquiere ribetes heroicos y que, además, nunca arañó su alegría, ni mermó su independencia de criterio.

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