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Animales de compañía

Cuervos

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

En mis pesquisas cinéfilas me tropiezo con una obra maestra que hasta hoy desconocía, El cuervo (Le corbeau, 1943), dirigida por Henri-Georges Clouzot, que una década más tarde alcanzaría celebridad internacional con títulos como El salario del miedo o Las diabólicas, de una intriga irresistible. También El cuervo puede considerarse una película de intriga, con elementos propios del género policíaco; pero su intención primera es el análisis de la maledicencia como elemento destructor de las comunidades humanas. En un innominado pueblecito francés, se empiezan a recibir una serie de anónimos –firmados siempre por ‘El cuervo’–que denigran al doctor Germain (interpretado por Pierre Fresnay), acusándolo de perpetrar abortos y de mantener relaciones sórdidas con algunas de sus pacientes, así como de descuidar sus obligaciones médicas. La película, de una misantropía por momentos asfixiante, tiene la habilidad de ofrecernos un retrato del doctor Germain nada complaciente, que por momentos nos invita a creer en los anónimos de ‘El cuervo’; y lo mismo les sucede a algunos habitantes del pueblo, entre ellos un enfermo que decide suicidarse, convencido de que el doctor nada hará por curarlo. El cuervo logra instilar en el espectador una zozobra moral que no se extingue cuando el autor de los anónimos resulta desenmascarado. Y su desenlace nos confronta con los estragos que la maledicencia causa en la sociedad.

La maledicencia, que es siempre el desahogo de un espíritu enfermo, se complace en el contagio corrosivo de su propia dolencia

Y es que la maledicencia no destruye tan sólo la buena fama de su víctima, sino que envenena a cuantos participan de ella, aunque sea ... de forma pasiva. La maledicencia, que puede revestirse de las formas más burdas y más refinadas, más astutas y más necias, siempre revela la intención ruin de hacer daño y herir por la espalda, que los cuervos necesitan como el respirar para seguir viviendo. La maledicencia es la destilación de los peores residuos biliares de las personas más resentidas, más aplastadas por su mediocridad, más íntimamente fracasadas, a quienes excita el placer triste de destruir la fama de otras personas a las que envidian porque las perciben triunfantes, aureoladas de un brillo que las humilla, o porque las hacen culpables de algún agravio tal vez fantasmagórico que fermentan y agigantan en su mente. Como afirma Gracián, «la envidia pegajosa siempre halla de qué asir, hasta de lo imaginado»; y el cuervo suele ser persona de imaginación turbulenta que urde calumnias alambicadísimas (pues sabe que, cuanto más truculentas y rocambolescas resulten, más éxito tendrán).

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