Animales de compañía
Demogresca sin causas comunes
Hace algunas semanas escribí un artículo bastante virulento en el que denunciaba la depredación de la Universidad que nuestra casta política está perpetrando, ejemplificado en el caso en verdad mugriento de la catedrática Begoñísima, paradójica directora de másteres en los que no habría podido matricularse (por carecer de titulación universitaria alguna). El artículo me procuró muchos parabienes, como años atrás me los habían procurado otros que dediqué a denunciar los métodos chanchulleros empleados por líderes de la derecha para obtener titulación universitaria. Pero observé con melancólica tristeza que las personas que me felicitaban efusivamente por el artículo en el que ejemplificaba la depredación de la Universidad, glosando el caso mugriento de Begoñísima, estaban todas adscritas al negociado ideológico de derechas; como antes habían estado adscritas al negociado ideológico de izquierdas todas las que me habían felicitado por los artículos en los que denunciaba los métodos chanchulleros empleados por líderes de la derecha para obtener titulación universitaria.
Las oligarquías partitocráticas están organizadas innoblemente para el expolio de nuestros bienes materiales y espirituales
A quienes me felicitaban les importaba un ardite mi denuncia desgarrada de la conversión de la Universidad en un nido de 'simonías civiles' y en ... un sórdido puerto de Arrebatacapas, aunque fingiesen que les importaba (de forma sumaria y muy poco convincente, en uno y otro caso). La causa de su felicitación (y, sobre todo, de su felicidad) era la zurra que propinaba al personajillo que me servía como excusa para la denuncia. En general, las personas que me felicitaron en una u otra ocasión no son lo que conocemos por 'fanáticos' de tal o cual negociado ideológico, ni siquiera 'militantes' fervorosos; y, desde luego, todas ellas son personas que, si fuesen sometidas durante una temporada a un ayuno de sectarismos partidarios, podrían reconocer sin esfuerzo que la casta política está depredando la Universidad, como antes han hecho con otras instituciones beneméritas. Pero todas estas personas, que en condiciones normales habrían sido ecuánimes y cabales, viven inmersas en el líquido amniótico de lo que Leonardo Castellani llamaba la 'demogresca', ese clima de constante rifirrafe ideológico que anestesia la exigencia de bien común y de justicia y hace imposible la defensa de cualquier causa que no sea partidista.
La 'demogresca' impide que personas que defienden posiciones ideológicas distintas puedan defender causas comunes cuando esas causas perjudican de algún modo a los gerifaltes de su negociado ideológico (y en la defensa de las causas nobles siempre hay algún gerifalte perjudicado, porque las oligarquías partitocráticas están organizadas innoblemente para el expolio de nuestros bienes materiales y espirituales, que a veces perpetran en comandita y a veces en disputa de garduñas). Se trata de uno de los fenómenos más inquietantes y desmoralizadores de nuestra época; y, desde luego, del legado social más negro del Régimen del 78, que ha terminado por convertir España en un manicomio. A una mayoría de la población española no le importa que la Universidad o cualquier otra institución medular para la supervivencia de la comunidad política sea depredada con tal de que la depreden los gerifaltes de su negociado ideológico; aunque, por supuesto, les indignará hasta desgañitarlos que la depreden los gerifaltes del negociado adverso. Ni siquiera les importará demasiado que su propia economía familiar sea depredada mediante alzas inmoderadas en los precios de los alimentos básicos si quienes las propician o amparan son 'los suyos' (o, aunque les importe, fingirán y se apretarán el cinturón hasta la inanición); aunque, desde luego, si las propician 'los otros' de inmediato estallarán rabiosos contra el expolio.
Mientras una casta política cada vez más instalada e inexpugnable se fortalece depredando las instituciones y expoliando la riqueza nacional, la sociedad vive en el líquido amniótico de la demogresca, enzarzada en un constante rifirrafe ideológico que se extiende a todas las facetas de la vida (incluso a aquellas que debieran ser ajenas a tal rifirrafe, por constituir el meollo de la supervivencia social) y en un estado de creciente irritación que, a la vez que la debilita, fortalece a las oligarquías políticas, siempre prestas a suministrar a sus adeptos un adversario sobre el que poder descargar sus frustraciones. Así, las oligarquías políticas se hacen cada vez más fuertes, a costa del debilitamiento y enviscamiento de la sociedad, que ya no puede defender causas comunes, que ya no puede aunar voluntades en el restablecimiento de la justicia, porque ha hecho de su adscripción a tal o cual negociado ideológico la razón de su existencia.