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Animales de compañía

Descortesías

Juan Manuel de Prada

Ha suscitado gran polémica el saludo desganado o despectivo de un futbolista de la selección española al doctor Sánchez, que recibía al equipo en el palacio de la Moncloa. El saludo, en verdad, era descortés, pues estrechaba la mano del anfitrión al desgaire y sin mirarlo; pero lo cierto es que no se distinguía demasiado de los saludos desaboridos de otros futbolistas, que al parecer de este modo quisieron expresar su disgusto por la 'politización' que diversos miembros del Gobierno habían hecho de sus triunfos. Por supuesto, la polémica suscitada por el saludo del futbolista ha servido para que la gente adherida a los negociados ideológicos en liza lo tome como bandera encontrada: mientras para unos el futbolista se convirtió ipso facto en un 'facha' repugnante, para otros se erigió en heroico portavoz de su animadversión al doctor Sánchez.

Aquel saludo desganado o despectivo del futbolista fue, en realidad, una expresión de este deterioro ineluctable

El episodio, tan banal como todos los que fomenta la demogresca, nos sirve sin embargo para hacer una reflexión sobre la cortesía. San Francisco de ... Sales decía que la cortesía era «la moneda menuda de la caridad», una expresión del amor que nos merece cualquier persona, incluso la desconocida, incluso la que nos cae antipática, incluso la que consideramos enemiga. Según esta visión cristiana, una descortesía es una falta de caridad que abre la puerta a otras pasiones más viles. Pero lo cierto es que la cortesía dejó hace mucho tiempo de ser «moneda menuda de la caridad» cristiana para convertirse en cortesía 'ilustrada' y concretarse en una serie de actos maquinales y expresiones de urbanidad rutinarias para salvar las apariencias, hasta convertirse en una mera muestra de hipocresía social. Perdido el sustento de la caridad, la cortesía se quedó en un mero convencionalismo, una especie de aceite lubricante que evita las fricciones ásperas en el trato social, que ya no aspira a la convivencia fraterna, sino a la mera 'coexistencia' respetuosa. Como nos decía Verlaine, «el hombre moderno se conforma con poco»; y la vida moderna, en puridad, no es más que una hipocresía organizada.

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