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Animales de compañía

Dos cuestiones eternas

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

En su prolijo ensayo Esquema de la Historia, Herbert George Wells se atrevía a dar respuesta a dos cuestiones ‘eternas’ que todavía hoy nos seguimos haciendo. Por un lado, afirmaba (en sintonía con las hipótesis científicas entonces de moda) que el hombre era el resultado aleatorio de la evolución; por otro, sostenía que Jesús fue un mero mortal, como también lo fueron Mahoma o Buda, fundadores de religiones que se habrían limitado a dar forma a un impulso humano que, para Wells, es quimérico y prescindible. Las tesis de Wells serían luego rebatidas por Chesterton en El hombre eterno, un libro magnífico –tal vez el mejor entre todos los suyos–, donde postula tesis tan subversivas para la época en que fue escrito como para la nuestra.

La prueba de que el hombre no es el producto de un mero continuo evolutivo es el impulso artístico

El hombre, según Chesterton, no es el fruto de una evolución, sino de una revolución. Y, para mejor explicar este aserto, nos lleva de la ... mano al interior de las cavernas que habitaron nuestros antepasados. Lo que encontramos en dichas cavernas –unas pinturas rupestres realizadas no sólo por la mano del hombre, sino por la mano de un verdadero artista– rebate esas hipótesis evolucionistas que lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad. Aunque aceptemos las hipótesis evolucionistas, hemos de aceptar también que esas pinturas nunca las habría podido concebir ni realizar un animal. Podríamos fatigar el entero atlas, pero jamás encontraríamos una línea trazada con intención artística por la garra de un animal. Resulta chocante que los hombres de las cavernas, tan alejados de nosotros en el tiempo, sean al mismo tiempo tan cercanos a nosotros; y que bestias tan cercanas a nosotros en el tiempo, como el chimpancé o el gorila, sean a su vez tan lejanas. El arte es la firma del hombre, el rasgo exclusivo de su personalidad. El hombre –sostiene Chesterton– no puede ser considerado sino como una criatura independiente y singular respecto a las demás criaturas. Y la señal más evidente de su misteriosa singularidad, la prueba de que no es el producto de un mero continuo evolutivo, es el impulso artístico. El hombre es único y diferente del resto de animales porque es creador, además de criatura. La inteligencia humana no existía; y de pronto comenzó a existir, convirtiendo al hombre en un artista y distinguiéndolo de todos los animales.

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