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Animales de compañía

Encerrados con un solo juguete

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Ahora que ya tengo cierta edad, creo que puedo mencionar los dos acontecimientos biográficos que han determinado mi lugar ‘excéntrico’ en el mundo. Uno ha sido mi resistencia de cascarrabias a la colonización tecnológica, que me ha convertido en una suerte de dinosaurio sin redes sociales, sin aplicaciones en el móvil, sin esa ‘conectividad’ nerviosa que caracteriza a los hombres de mi tiempo. La otra ha sido mi expulsión de los ámbitos católicos oficialistas, donde se me considera –¡con muchísima razón!– un desaforado ‘profeta de calamidades’, lo cual me ha obligado a poner mi tienda –digámoslo jocosamente– in partibus infidelium; es decir, entre gentes con una ‘cosmovisión’ muy alejada de la mía, donde sólo a regañadientes y con muchas reticencias se me acepta, pero donde también se pueden entablar lazos nacidos de las afinidades electivas. Creo que estos dos acontecimientos biográficos me han convertido en una persona ‘periférica’ que contempla el mundo desde una esquina y, desde luego, en una persona muy poco ‘sectaria’ (a la fuerza ahorcan).

Habían confundido los estrechos límites de su mundo con el vasto mundo exterior

Vivir en lugares ‘excéntricos’ acarrea muchos inconvenientes, desde no estar al tanto de los ‘memes virales’ hasta no poder desenvolverte según códigos aceptados por tu ... tribu. Quiero decir que es una vida más incómoda y esforzada, más sujeta a incomprensiones y malentendidos; y en la que, inevitablemente, uno se queda desplazado o rezagado muchas veces (por no tener guasap o suscripción de Netflix, por tener que defender tus posiciones en medios adversos, etcétera). Pero vivir en lugares ‘excéntricos’ tiene también algunas ventajas, como las tiene vivir en la naturaleza salvaje, donde uno debe estar siempre avizor, porque no lo protege el redil, porque le faltan las seguridades que proporciona un medio hospitalario, porque no se puede dar nada por descontado. Viviendo en lugares ‘excéntricos’ también se descubre que la otra forma de vida a la que hemos renunciado (o de la que hemos sido excluidos) es, desde luego, mucho más cómoda y grata; pero también adormecedora e idiotizante, como la vida de los hombres que viven en el interior de la caverna platónica.

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