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Animales de compañía

Entre rinocerontes

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Hace un par de años invocábamos en este recodo de papel y tinta el recuerdo de El rinoceronte, una de las piezas más celebradas de Eugène Ionesco, el maestro del llamado 'teatro del absurdo'. Aunque los sedicentes expertos han pretendido presentar esta obra como una crítica al súbito crecimiento del nazismo en los años anteriores de la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que El rinoceronte es una aguda y demoledora sátira sobre el conformismo de las masas, dispuestas a someterse incondicionalmente a cualquier directriz sistémica, dispuestas a acatar cualquier imposición absurda, dispuestas a cerrar los ojos ante las evidencias más clamorosas, dispuestas a negar la realidad que discurre ante sus ojos, con tal de asegurarse una patética comodidad gregaria. Aquel artículo que escribí entonces lo referí muy especialmente a la penosa situación que habíamos vivido durante la plaga coronavírica, donde se demostró que una inmensa mayoría de la población mundial (o siquiera de la población occidental) estaba dispuesta a comulgar las ruedas de molino más indigestas, mostrando un grado de sumisión verdaderamente abyecta; y no vacilando en señalar y estigmatizar a cualquier persona que osase desafiar (o tan sólo discutir) las directrices sistémicas.

¿Cómo es posible que aceptemos que un anciano decrépito como Biden, que farfulla palabras incoherentes, rija nuestros destinos?

Tristemente, aquella infausta experiencia no hacía sino prefigurar lo que vendría después. Sin duda, lo que entonces se completó fue un ejercicio monstruoso de ingeniería ... social, en volandas del miedo, cuyo fin último no era otro sino disciplinarnos en la irracionalidad, conseguir que la aceptáramos como el líquido amniótico en el que debe desarrollarse nuestra vida. Aquellas imposiciones desquiciadas, aquellos ensañados procedimientos para intimidar y silenciar al disidente, aquella sórdida creación de 'estados de conciencia colectiva' de los que nadie podía discrepar tenían como objetivo lograr el control y sumisión de las masas, que sólo se logra plenamente cuando las masas se muestran capaces de aceptar lo que la razón repudia.

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