Animales de compañía
Mar Cohnen
Juan Manuel De Prada
Tal vez éste sea el último número de XLSemanal que aparezca con el nombre de Mar Cohnen como directora en la mancheta. Mar Cohnen nos ... deja, después de veintitrés años al frente de nuestra revista; y no lo hace porque deba jubilarse, ni porque la hayan despedido, ni porque haya sido contratada por otra empresa, ni porque esté harta de su trabajo, ni porque haya reñido con nadie... ¡Ni siquiera porque se haya vuelto loca o le haya dado una ventolera! De hecho, juraría que Mar Cohnen es la mujer más cuerda que he conocido nunca, la más aplomada, con una cordura serena que siempre me ha admirado y traído paz en la tribulación. ¿Por qué se va Mar Cohnen? ¿Por qué nos deja a su grey 'con soledad y llanto'? Mar Cohnen se va antes de que la edad la obligue (la edad pasa por ella como una primavera más), antes de que le señalen la salida (más bien se la esconden para que no salga), antes de hartarse de su trabajo (que ama sin desmayo), antes de reñir con nadie (pero reñir con ella es algo incongruente, porque en ella siempre luce el sol)… Se va como ese invitado de la fiesta que se va el primero porque no quiere prodigarse demasiado, porque quiere preservar su aureola de misterio, porque no desea abusar de la hospitalidad de su anfitrión, porque no quiere beber demasiado, porque no soporta dar palique a esos borrachos pesadísimos que se quedan hasta el final de la fiesta… En fin, por delicadeza.
Le tocó bregar en los años más difíciles, ayudada por un equipo excepcional
Durante estos más de veinte años al frente de nuestra revista, Mar Cohnen ha probado sobradamente esas virtudes, tan insólitas en el periodismo de hogaño. Aceptó la dirección de la publicación con mayor tirada de cuantas se publican en España y le tocó bregar en los años más difíciles, en las condiciones más inhóspitas –mientras la tecnología devoraba el papel, mientras los medios de comunicación perdían su alma–, para mantenerla en la cúspide, ayudada por un equipo excepcional. Así ha conseguido ofrecer las entrevistas más deseadas, los reportajes más iluminadores, las informaciones más amenas y sorprendentes; y siempre con esa marca de estilo de la delicadeza, que no significa cogérsela con papel de fumar ni ser tiquismiquis o remilgado, sino más bien lo contrario: significa ser punzante sin herir, significa ser penetrante sin avasallar, significa ser inquisitivo siendo a la vez elegante, significa ser audaz siendo a la vez comprensivo, significa tener un gran amor al oficio y una humanidad muy limpia. Yo nunca podré agradecer suficientemente a Mar Cohnen estos veintitrés años.
Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a veces me expresan su asombro porque en ABC o en XLSemanal me dejen defender ideas inconvenientes, 'inapropiadas' o prohibidas que en otros medios no tendrían cabida (y la mejor prueba de ello es que todas las demás puertas que en la juventud se me abrieron se me han ido cerrando con mayor o menor disimulo o estrépito). Y la razón por la que eso ocurre –aparte del señorío de los medios que acogen mi firma– es porque todavía existen periodistas como Mar Cohnen, que pueden discrepar de lo que un colaborador escribe, pero entienden que el periodismo tiene que albergar voces incómodas o discrepantes; y que las defiende –aun en sus excesos más extemporáneos– contra viento y marea, sosteniéndolas frente a las órdenes que vienen de arriba o las quejas que vienen de abajo.
En estos veintitrés años hubo varias ocasiones en que las cañas se tornaron lanzas; y en esos momentos peliagudos, cuando no podía dar un paso sin sufrir un empujón o una zancadilla, Mar Cohnen siempre estuvo a mi lado. A lo mejor lo que escribía le fastidiaba mucho más que a los que se quejaban y pedían mi cabeza, pero jamás se la entregó, jamás se sumó a las quejas, jamás me pidió siquiera que suavizase o cambiase una palabra, jamás me corrigió una coma. Mar Cohnen ha sido mi asidero y mi consuelo en momentos de soledad extrema; y también la confidente de mis secretos menos favorecedores. Nunca podré olvidar todo tu apoyo durante estos años, querida Mar; nunca podré olvidar tu magnanimidad y tu franqueza, tu simpatía y tu seriedad, tu pudor y tu descaro, tu colmillo retorcido y tu bondad desarmante, tu inteligencia afilada y tu forma elegante de hacerte la tonta, tu gravedad y tu ligereza, tu enfado y tu risa, tu rigor y tu indulgencia, tu astucia de lince y tu candor de paloma, tu arrebato y tu sensatez, tu sentido del humor y tu sentido del honor, tu hermosa amistad a prueba de bomba, tan hermosa como tu alma. Y como no podré olvidar todo lo que eres voy a seguir a tu lado siempre, en lo que me necesites. Ya sabes que en Qüenco tenemos mesa reservada; y en esta ocasión me toca invitar, porque perdí la apuesta.