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Animales de compañía

Chivos expiatorios

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

En el capítulo 16 del Levítico se nos cuenta el caso del chivo o macho cabrío que los israelitas expulsaban de la ciudad y enviaban al desierto, en el Día de la Expiación, con todas las faltas e impurezas del pueblo cargadas simbólicamente sobre sus lomos; y de este modo el pueblo quedaba purificado.

Seguramente quien más a fondo haya estudiado esta figura del chivo expiatorio haya sido el filósofo francés René Girard, que dedicó gran parte de su ... obra a analizar los mecanismos de la violencia ritual tanto en las sociedades primitivas como en las contemporáneas. En su ensayo El chivo expiatorio, por ejemplo, Girard analiza los «estereotipos de la persecución» que afloran en las sociedades humanas cuando entran en un estado de crisis que tarde o temprano acaba resolviéndose mediante la proyección de la culpa sobre uno o varios inocentes. Las circunstancias que detonan estas persecuciones pueden ser internas (disturbios políticos o conflictos religiosos, por ejemplo) o bien externas (epidemias, sequías o inundaciones); y muy frecuentemente las circunstancias internas y externas forman amalgama –como ha ocurrido con motivo de la plaga coronavírica–, incendiando de pánico a los pueblos. En este clima de pánico se produce invariablemente una disolución de los vínculos sociales, de los afectos y solidaridades que se entablan en una comunidad sana, hasta que los pueblos degeneran en masa amorfa, en multitud o turba de perseguidores que necesitan achacar a alguien su infortunio, hasta convencerse –citamos de nuevo a Girard– «de que un pequeño número de individuos, o incluso uno solo, puede llegar, pese a su debilidad, a ser extraordinariamente nocivo para el conjunto de la sociedad». El pánico degenera siempre en eclipse de la conciencia, en irracionalidad rampante y orgullosa que sólo se aplaca cuando encuentra una diana que satisfaga su apetito de violencia. Y esa diana es el chivo expiatorio, a quien por supuesto los demagogos se apresuran a señalar, para hacer creer a la masa que velan por ella. Es exactamente lo que hace el cabrón de Caifás, ante el miedo y la confusión que padecen los fariseos y los miembros del Sanedrín: «Nos conviene que uno muera por el pueblo», afirma. Y es que nada conviene tanto a los demagogos como los chivos expiatorios.

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