Animales de compañía
Dos amigas
Juan Manuel de Prada
Sospecho que aún no somos conscientes de la merma civilizatoria que supone la extinción del intercambio epistolar. En el futuro no podremos rastrear la evolución intelectual de nuestros grandes escritores, ni tampoco sondear su vida íntima. Tampoco podremos, a un nivel mucho más modesto, recuperar nuestra memoria familiar a través de las cartas que nuestros antepasados escribieron o recibieron. Todo un continente de vida espiritual y sensible permanecerá ignoto, sepultado para siempre, dificultando sobremanera el estudio biográfico de las grandes personalidades y la espeleología de nuestro pasado reciente. Será, en verdad, una tragedia cuyos contornos todavía ni siquiera vislumbramos.
Durante los últimos años he desarrollado como lector un gusto nuevo por el género epistolar, que antaño me exasperaba o aburría un poco y ahora ... me despierta una curiosidad palpitante y fresca (tal vez porque, a medida que nos hacemos viejos, disfrutamos menos de la literatura ‘consciente’ de sí misma). Así que ha sido un gozo sumergirme en la lectura del Epistolario (1936-1978) cruzado por las escritoras Carmen Conde y Amanda Junquera, que acaba de publicar Ediciones Torremozas, al cuidado de Fran Garcerá y Cari Fernández. Conde y Junquera se conocieron antes del estallido de la Guerra Civil, cuando ambas se hallaban ya casadas (la primera con el poeta Antonio Oliver, la segunda con el historiador Cayetano Alcázar); y su relación se prolongará durante medio siglo, en una amena ‘amistad amorosa’ en la que no faltaron episodios de entrega carnal, pero en la que sobre todo se entabló un coloquio de almas deseosas de donarse la una a la otra y de anudarse muy fuertemente contra viento y marea.
"Las amistades verdaderas no se agotan nunca, ni siquiera cuando las golpea la muerte"
Las cartas de Carmen Conde y Amanda Junquera son muy pudorosas y rehúyen olímpicamente cualquier desliz escabroso. Sin embargo, aquí y allá nos deparan delicadezas que parecen caminar de puntillas. «Esperaba carta tuya ayer cuando he bajado a Cartagena –escribe Conde, al principio del intercambio–. No cumples tus promesas: ¡los malditos relojes que se atrasan, los trenes que pierden las cartas, los carteros que se las guardan para no darnos alegría!». Junquera, mucho menos impetuosa que Conde, prefiere adoptar un lenguaje más matizado y pudoroso: «Me encantan sus cartas, me producen la alegría que un niño experimentaría con un juguete agrandado por una ilusión muy contenida: las he soñado siempre, mis silencios se adormecen en nostalgias. A nuestro lado pasan muchas almas, pero muy pocas logran despertarnos».
Cuando todavía no se conocen personalmente Carmen Conde confesará que prefiere seguir sin conocerla durante algún tiempo más, antes que tener que verla en compañía de otras personas: «No me interesaría nada pasar la tarde contigo y con mucha gente –reconoce sin ambages–. Perdón porque digo la verdad, y porque esta sea la verdad: prefiero la conversación íntima, el diálogo a solas. Tu voz que viene de tan delgadas orillas del alma, y a tan finas orillas va, requiere un pequeño aislamiento». Y cuando al fin esa conversación íntima se haya producido, Amanda no hará sino añorar aquel primer encuentro: «Lágrimas y hondos silencios sin sentido porque el hecho fatal y terrible era tu ausencia en todas las esquinas de mis caminos». Y, a cada separación, siguen siempre las ansias del reencuentro: «Ya una seguridad de abrazarte pronto, y oírte –¡oírte, Señor!–, que el mundo entero está mudo sin ti. Todo ha sido bueno, han florecido hasta los árboles, las hojas volando, como rosas, sí, sí, rosas agitadas en tu honor y en recreo de mi alegría de verte pronto. Que sea magnífico tu viaje, y que en un sueño te traiga a mis abrazos ese potente Señor que te protegerá en la medida que yo le pido para ti».
Cuando ya lleven veinticinco años de amistad, Carmen Conde podrá afirmar que Amanda Junquera es «su país de origen»; y también confiarle que, desde hace veinte años, no habla nada con su marido, «porque no nos entendemos. La guerra cambió las lenguas». A la postre ambas quedarán viudas, pudiendo dedicar más tiempo a su amistad. Pero mientras Carmen Conde apenas vuelve a referirse al difunto Antonio Oliver, Amanda Junquera recordará siempre con afecto a Cayetano Alcázar, a quien encarga cada año misas. Mientras tanto, la amistad entre ambas se hace más serena, más pacífica, sin declinar nunca, hasta que la vejez golpee primero a Amanda, condenándola a la desmemoria. «Cuando conozco a una persona y me gusta, quisiera estar con ella hasta agotarla», le había confesado Carmen Conde al principio de su relación. Pero las amistades verdaderas no se agotan nunca, ni siquiera cuando las golpea la muerte.