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Animales de compañía

Dos cavidades

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Durante estas últimas semanas han tenido un protagonismo especial dos cavidades o receptáculos de aspecto muy diverso: una futurista y rutilante, muy cómodamente tapizada; la otra antiquísima y lóbrega, muy ásperamente pedregosa. Y lo que esas dos cavidades nos ofrecen es tan antitético como su aspecto.

La primera de estas cavidades nos la brinda Sarco, una cápsula de formas fálicas que, según su fabricante, ofrece «la opción de una muerte pacífica, ... electiva y legal en un ambiente elegante y con estilo». Se trata, en fin, de una máquina para suicidas, de diseño muy molón, que al presionar una tecla se inunda de nitrógeno líquido, para que el usuario «se sienta ligeramente borracho» antes de morir. Sarco se convierte así en la estación final de la autodeterminación, que promete endiosar al hombre y le concede instrumentos jurídicos para deshacerse de todo cuanto lo ‘limita’ o ‘coarta’, exaltando sus pasiones más torpes y sus ambiciones más egoístas, en aras de alcanzar una individualidad soberana, autónoma, independiente de todo, incluso de sí misma. Esta autodeterminación nos concede el derecho a liberarnos de los vínculos familiares, nos concede el derecho a liberarnos de la vida gestante que portamos en nuestras entrañas, nos concede el derecho a liberarnos de nuestro propio cuerpo, haciendo realidad nuestras fantasías penevulvares más aberrantes. ¿Cómo no iba a concedernos el derecho a liberarnos de nuestra propia vida? La autodeterminación nos lleva de la mano a través de una vida de placeres fatuos, haciéndonos creer que somos dioses; y cuando estamos cercados por el dolor nos lleva de la mano hasta la cómoda cavidad de la máquina Sarco, haciéndonos creer que somos gusanos que merecen ser suprimidos (pero en un ambiente elegante y con estilo). Así, la autodeterminación, que empieza mostrándose como un apetito de vitalismo, acaba mostrándose como un apetito de muerte. Pero quien desea suprimirse, por suprimir su sufrimiento, es alguien que ha perdido las ganas de vivir; pues, como nos enseña Castellani, «ningún padecimiento hay intolerable cuando el padeciente cree firme que un día acabará el sufrir y que todo va a acabar en bien. La cualidad de infinito comunicada al dolor proviene de una disposición de ánimo llamada desesperación».

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