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Animales de compañía

Un espejo deformante

Juan Manuel De Prada

A nadie se le escapa que el meollo del engendro televisivo llamado reality show (programas que documentan la vida de personas anónimas o ... famosetes grimosos confinados y bajo vigilancia constante) es la exhibición de cochambre moral y espiritual que ofrecen un grupo de homínidos dispuestos al escarnio por alcanzar unas migajas de fama. Conversaciones oligofrénicas, sonrojantes escarceos eróticos, sentimientos de pacotilla y toda una panoplia de sandeces proferidas sin recato componen el argumento del más concurrido fenómeno televisivo de los últimos veinte o treinta años. Hasta entonces, los urdidores de programas exitosos se habían esmerado por idear fórmulas más o menos bizantinas o rocambolescas que entretuviesen a sus audiencias; los creadores del reality show descubrieron que lo que más entretiene es la exhibición, sin disimulos ni ambages, de la degradación humana. Una degradación ubicua, glosada después por una chusma de 'comentaristas' igualmente degradados con una ensalada de comentarios mentecatos y chascarrillos plebeyos, más las consabidas entrevistas a los homínidos que acaban de ser descalificados.

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