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Animales de compañía

Estereotipos

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

En cierta ocasión, Camilo José Cela me hizo una observación muy atinada: «En España somos tan pobres que sólo nos da para tener una idea sobre las personas». Me la hizo, siendo ya octogenario, harto de que siguiesen asignando a su obra los mismos tópicos acuñados medio siglo atrás. Esta propensión tan española de simplificar o estereotipar la pluriforme realidad humana la han agravado, además, los medios de masas, que siempre trasladan una visión muy burdamente esquemática de las cosas, a veces por frivolidad, a veces por urgencia, a veces por regodeo en la abyección. Inevitablemente, las personas con presencia en los medios de masas terminan convertidas en ‘personajes’ que alimentan bulímicamente esa paupérrima propensión española al estereotipo, hasta ser percibidos como caricaturas sobre las que el público proyecta su simpatía o animadversión de las formas más rudimentarias y viscerales. Y así, por acumulación de percepciones erróneas o tergiversadas, el ‘personaje’ acaba convertido en un chafarrinón grotesco. Y hasta puede ocurrir que la persona convertida en ‘personaje’ caiga en la tentación de parecerse al estereotipo deformante que sobre ella se ha popularizado, por no ‘defraudar’ a sus seguidores u odiadores. Así sucede aquello que Luis Alberto de Cuenca relata en uno de sus poemas: «Luego / está el tema de las sendas perdidas / y el de esas partes de nosotros mismos / a las que traicionamos por servir / a una sola faceta (la peor, / la más absurda y menos favorable)».

Apenas se repara en el esfuerzo racional que obliga a Elisa Beni a defender tesis contrarias a las que se esperarían del estereotipo impuesto

Esta propensión tan española a la simplificación y el estereotipo que los medios de masas exacerban me subleva muy especialmente cuando se dirige contra personas ... valiosas a las que he tenido la suerte de conocer y tratar íntimamente. Así me ocurre, por ejemplo, con la periodista Elisa Beni, sobre la que mucha gente me inquiere malévolamente, dando por supuesto que le dedicaré algún exabrupto o palabra agria (sin duda, quienes me preguntan se han formado una idea estereotipada sobre la periodista, pero también sobre mí mismo). Como es vehemente y perspicua y muy expresiva en sus intervenciones (y suele, además, salir triunfante o al menos no mal parada en los rifirrafes), Elisa Beni se ha ido convirtiendo en una suerte de ‘idolesa’ para cierta parroquia progresista; y, desde luego, en una de las ‘bichas’ más odiadas para cierta parroquia conservadora. Pero creo que ambas parroquias, cada una a su estilo, captan muy burdamente el ‘personaje’ que han confeccionado, ya sea para ponerlo en un pedestal o para derribarlo en el fango; y en cambio se desentienden de aquellas facetas suyas que la harían más difícil de encajar en sus estereotipos. Elisa Beni –que, desde luego, pisa con arrojo todos los charcos– no ha tenido rebozo en pronunciarse, por ejemplo, contra los delirios transgeneristas, provocando la reacción rabiosa de sus delirantes partidarios. Y lo ha hecho porque, más allá de los postulados progresistas que defiende, se niega a humillar su razón, se niega a suplir su juicio con emotivismos o consignas irracionales, por muy provechosas que resulten en la presente coyuntura.

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