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Animales de compañía

La coquetería del maestro

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Reviso en estos días algunas de las películas más sobresalientes de Alfred Hitchcock (con la superlativa Vértigo, mi predilecta, a la cabeza). Cuando reflexionaba en voz alta sobre su propia obra, Hitchcock gustaba de diseminar pistas falsas entre el entramado de sugerencias y revelaciones que brindaba a sus interlocutores. Si leemos, por ejemplo, las entrevistas que sus devotos exegetas europeos le hicieron, observamos, entre las apreciaciones más o menos astutas de este genio bautizado con el sobrenombre o sambenito de 'mago del suspense', una confidencia recurrente que apesta a coquetería: «Me intereso a priori muy poco por la historia que cuento. Me intereso únicamente por el método de contarla, es lo único que me importa», le declara a André Bazin; y a François Truffaut, pontífice máximo en la cofradía de sus rendidos admiradores, le confesará, refiriéndose a Vértigo, y más concretamente a las peregrinas ideas argumentales que Kim Novak trató de imponer durante el rodaje: «Le hice comprender que la historia de nuestra película me interesaba mucho menos que el efecto final visual». Esta pretendida obcecación formalista preside el decálogo estético de Hitchcock, quien, por ejemplo (y podríamos seguir aduciendo ejemplos hasta el agotamiento), en una entrevista concedida con motivo del estreno europeo de Los pájaros, al referirse a Vértigo, proferirá en un tono casi desdeñoso: «Hay una especie de argumento que me parece muy secundario. Nunca me preocupo por el argumento ni por nada de ese estilo».

La supuesta despreocupación por el aspecto puramente narrativo del filme que Hitchcock se obstina en exhibir constituye una patraña

Evidentemente, Hitchcock está mintiendo. Aun suponiendo que, en sus películas, los argumentos sean meras argucias destinadas a mantener al público entretenido, mientras el director se ... entrega a la exploración de vericuetos formales nunca transitados, esa supuesta despreocupación por el aspecto más puramente narrativo del filme que Hitchcock se obstina en exhibir constituye una patraña. ¿Acaso la elaboración de un 'MacGuffin' (esos reclamos que, estratégicamente ubicados a lo largo de la película, infunden en el espectador la impresión de cierta ilación argumental) no implica un interés casi taxidérmico por los entresijos y andamiajes de eso que Hitchcock denomina con desprecio 'la historia'? Incluso aquellas películas suyas, como Con la muerte en los talones, que se mueven de principio a fin en el funambulismo sin red del 'MacGuffin', ¿no exigen un minucioso conocimiento de los resortes y engranajes que impulsan el desarrollo de 'la historia'? En contra de lo que sus palabras se empeñaban en sostener, a Hitchcock le preocupaba –y mucho– el argumento de sus películas, hasta el punto de que muchos de los hallazgos estéticos de su cine se fundamentan, precisamente, en la manipulación interesada de sus ingredientes. Unos ingredientes que, en manos de otro director más mostrenco, apenas hubiesen bastado para 'entretenernos'; pero que, en las manos demiúrgicas de Hitchcock, alcanzan un esplendor formal subyugador. Pero ese esplendor se logra en simbiosis con 'la historia' (aunque, desde luego, sea la forma lo que hace que 'la historia' no sea un mero acarreo de 'materiales', sino una obra de arte).

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