Animales de compañía
Macaón
Juan Manuel de Prada
Yo también he sido, como Vladimir Nabokov, coleccionista de mariposas, antes de que los pesticidas y la expansión urbana las arrinconasen y diezmasen, allá en la infancia irrecuperable. Y, entre todas las mariposas de mi colección, ninguna tan anhelada ni tan costosa como la llamada Papilio machaon, la macaón que incendiaba con su vuelo litúrgico el aire, cada vez que cruzaba majestuosa mi campo de visión. Durante años, el macaón o la macaón (nunca tuve claro su género gramatical, aunque para mí siempre fue 'la macaón') se resistió a sumarse a mi colección de mariposas, que cada verano incorporaba veinte o treinta especímenes, coincidiendo con mis vacaciones en Verín, en la provincia de Orense, cuyos pueblos limítrofes hervían de mariposas y manantiales de aguas medicinales durante los meses estivales.
Aquella mariposa sobrevolaba el mundo sin apenas agitar las alas, como un cometa que hubiese usurpado los colores del tigre
Eran veranos alumbrados por un sol eucarístico que se posaba sobre las mariposas y las transmutaba en joyas refulgentes de pedrería. La tierra se desentumecía ... exhalando el olor podrido y arqueológico de la hojarasca, el olor umbrío y arborescente de los helechos, el olor trémulo y medicinal del poleo, el olor espeso y lentísimo de la resina. Mi padre y yo correteábamos detrás de las mariposas y aspirábamos aquel aire acribillado de mosquitos que nos hacía jadear. Habíamos aprendido a distinguir el vuelo solemne y aparatoso de las pandoras, de cobre moteado, y el vuelo engreído y aristócrata de las ninfas de los arroyos, de un luto azulado con diminutas salpicaduras blancas, y el vuelo algo pueril y atolondrado de las vanesas atalantas, en cuyo terciopelo oscuro se dibujaba una franja de voluptuosa sangre, y todos esos vuelos habíamos logrado interrumpirlos, para incorporar aquellas mariposas a nuestra colección cada vez más completa, en la que, sin embargo, seguía faltando la macaón.
Aquella mariposa sobrevolaba el mundo sin apenas agitar las alas, como un cometa que hubiese usurpado los colores del tigre, y, a veces, se tropezaba con otra macaón de distinto sexo, y juntas iniciaban una inaccesible danza nupcial, elevándose hasta más allá de las nubes, en un tirabuzón crepitante de luz. En los alrededores de Verín pululaban cientos o miles de mariposas, reunidas gregariamente en los terrenos húmedos donde florecían el trébol y la menta, salvo la desdeñosa macaón, que volaba por libre, sosteniéndose en el aire como una llama de Pentecostés. Alguna vez pude contemplar con detenimiento la majestad de una macaón en reposo: mientras libaba las flores, extendía su envergadura casi mitológica y mostraba los ocelos rojizos, ribeteados de azul cobalto, que ilustraban sus alas posteriores, rematadas por unos apéndices que me recordaban las guías del bigote de un mosquetero. Yo estaba convencido de que en aquellas alas rayadas de amarillo se cobijaba la indescifrable escritura de Dios.
Una vez sorprendí el cadáver de una macaón prendido en una telaraña. En los montes que circundan Verín, entre las polvorientas retamas, instalaban sus laberintos de sutilísima niebla unas arañas de abdomen gordo como un caramelo y patas traslúcidas con las que acariciaban los hilos de su trampa, como si estuviesen tañendo un arpa. El cuerpo de la macaón había perdido su prestigio volátil, y las alas desflecadas, casi reducidas a jirones, habían perdido su polvillo dorado y sus inscripciones jeroglíficas. Recuerdo que me acometió una congoja infinita, como si en los restos fúnebres de aquella macaón humeasen las ruinas calcinadas de mi alma, y también un furor vesánico que desahogué desbaratando a puntapiés la telaraña.
Finalmente lograría incorporar aquella mariposa a la colección, después de perseguirla incansablemente por valles y montañas, entre retamas y malezas en las que acababa ahogándome (ella siempre las sobrevolaba majestuosa), salvando barrancos donde más de una vez estuve a punto de despeñarme (ella los salvaba sin inmutarse, ajenas a las leyes de la gravedad), internándome entre zarzamoras que siempre me cobraban un impuesto de arañazos. Recuerdo la belleza jeroglífica de sus alas sacudiéndose epilépticamente en la red, recuerdo los dedos de mi padre (que era quien se encargaba de ensartar las mariposas con un alfiler sobre el corcho) tiznados o alumbrados de aquel polvillo de levísimo oro, recuerdo la lenta agonía de la macaón, que me dolió tanto como si me hubiesen arrancado un brazo.
Hoy, tantos años después, contemplo la macaón disecada, presidiendo mi colección de mariposas, que cuelga en cuadros encristalados en las paredes de mi habitación, en casa de mis padres. Allí dentro quedó atrapada mi infancia, atravesada para siempre también por un alfiler.