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ANIMALES DE COMPAÑÍA

James Ellroy

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

En la entrevista que le hacía Ixone Díaz Landaluce -publicada hace un par de semanas en esta revista-, James Ellroy volvía a dar muestras de ... su particular soberbia doliente, de ese temperamento entre megalómano y tortuoso que se filtra en sus novelas, como una respiración agónica. En sus declaraciones, Ellroy se revela a la vez como un majadero y un profeta visionario, con algo de impostura aspaventera y algo de verdad desnuda y aterida; y de esa mezcla o tensión de contrarios, que al parecer anega caóticamente su vida, nace también su peculiar literatura, que a mi juicio es una de las más grandes de nuestro tiempo. Y que, al mismo tiempo, es la literatura menos literaria que uno puede echarse al coleto; pero en esa elección áspera y desquiciante por una escritura reducida al esqueleto -y hasta a la pura médula calcinada del esqueleto- se cifra el embrujo de este autor desmedido, enfermo, arrebatadamente genial. Yo empecé a leer a Ellroy un poco a regañadientes, por petición de un amigo, que me obsequió con su autobiografía Mis rincones oscuros, una zambullida sin escafandra en las letrinas de una memoria alucinada y malherida, y con su apabullante novela América, una ficción descarnada y ponzoñosa sobre el magnicidio de Kennedy. Confesaré que aquel regalo de mi amigo me fastidió un poco, pues Ellroy siempre se me había antojado una suerte de bufón más bien indigesto; y su estilo, telegráfico y premioso, un poco barullero en su búsqueda de simplicidad, me causaba -prejuiciosamente- cierto rechazo lindante con la grima.

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