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ANIMALES DE COMPAÑÍA

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Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Nunca he participado de la veneración que nuestra época tributa a Clint Eastwood, el gran actor metido a director todoterreno que en las últimas décadas ... ha sido encumbrado a la categoría de maestro del clasicismo. En las películas de Eastwood nunca he hallado la personalidad distintiva -un universo propio expuesto a través de un estilo intransferible- que bendice a los auténticos maestros; y su tan cacareado clasicismo siempre se me ha antojado más bien maña de artesano reservón que prefiere evitar las `originalidades´ para no descalabrarse. Es cierto que entre la filmografía de Eastwood hallamos algunos títulos notables, casi siempre sustentados en guiones de hierro (tan sólidos que hubiesen requerido, en verdad, de un director inepto o decididamente calamitoso para naufragar); pero no es menos cierto que otros muchos apenas se distinguen de los telefilmes más romos, lastrados por un convencionalismo hiriente y archisabido y huérfanos de la más mínima inspiración. En ocasiones, incluso, esta falta de nervio y vibración característica de Eastwood ha logrado desbaratar historias que, puestas sobre el papel, permitían augurar una película memorable (pienso, por ejemplo, en El intercambio, alabadísima en el momento de su estreno, pese a sus torpezas más que evidentes); pero nunca esta atonía sin brillo había alcanzado cotas tan deprimentes como en la recién estrenada J. Edgar, biopic de quien fuera durante casi medio siglo director del FBI y seguramente el hombre más poderoso del mundo.

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