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ANIMALES DE COMPAÑÍA

Manifiestos

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Nunca he entendido la propensión irrefrenable que mueve a algunas gentes de mi gremio a firmar manifiestos a troche y moche, seguramente porque desconfío de ... las comanditas y las opiniones al alimón. Ni siquiera los manifiestos históricos, aquellos documentos con vocación de catecismo en los que se declaraba fundada tal o cual corriente estética o política, promueven mi simpatía; a la postre, uno siempre descubre entre sus líneas un afán fiscalizador, un restrictivo mandato que obliga a los firmantes a acatar las directrices de la ortodoxia. El Manifiesto surrealista, por ejemplo, fue concebido con un propósito muy higiénico de extender los límites del arte; cuando esa transgresión anhelada degeneró en norma obligatoria, aquel texto inaugural se convirtió en la coartada que los inquisidores surrealistas esgrimieron para dispensar indulgencias plenarias y anatemas. Cada vez que un miembro del movimiento se atrevía a infringir alguno de los mandatos del manifiesto, era expulsado de la hermandad, después de recibir un soberano rapapolvo y las más crueles admoniciones; huelga añadir que las más perdurables creaciones surrealistas fueron las de aquellos proscritos que prefirieron volar por libre, aunque esa libertad equivaliese a una condena al ostracismo.

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