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Animales de compañía

Nalgas y taburete

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

El historietista Francisco Ibáñez solía expresar de forma jocosa pero veracísima el secreto del éxito artístico: –¿Sabéis cuál es el matrimonio perfecto? El que hay entre mi taburete y mis nalgas. En efecto, quien desea triunfar en cualquier disciplina artística no tiene otro remedio que echar muchas horas de trabajo árido y sin brillo, muchas horas de dedicación callada a su oficio, criando una próstata (o lo que se críe cuando no se tiene próstata) del tamaño de un melón. No hay otra forma de dominar un arte sino logrando la alquimia entre la inspiración y el oficio; una alquimia en la que la inspiración tiene que ser primero acatada, después domeñada, ya por último sostenida y aun sustituida por la abnegación y el sacrificio, por la constancia y la disciplina. Y todo ello logrando, además, que el oficio no degenere en pura rutina. No es una tarea sencilla, vive Dios.

La inspiración no es un fuego que por un instante nos incendia y exalta

Por supuesto, para ser artista –como, por lo demás, para desempeñar cualquier profesión u oficio– hay que tener un talento natural, hay que estar bendecido ... por el quid divinum; de lo contrario, ese matrimonio entre nalgas y taburete al que se refería Ibáñez se vuelve «rato y no consumado». Pero, sin mentalidad de galeote amarrado al duro banco del arte, no existe posibilidad de que una vocación artística prospere; por eso hay tantas vocaciones que se quedan en flor de un día, en un chisporroteo tan fulgurante como efímero, para después amustiarse perpetuamente; o bien quedarse en el alarde diletante y guadianesco, que sobrevive gracias al chispazo cada vez menos asiduo de la inspiración. Pero la inspiración no es un fuego que por un instante nos incendia y exalta, hasta que se consume y nos deja otra vez a oscuras; la inspiración es un fuego cuyo rescoldo hay que aprender a mantener encendido, insuflándole nueva vida. Y esa vida sólo se la puede infundir el trabajo perseverante, ese matrimonio entre el taburete y las nalgas del que hablaba Ibáñez. He conocido a muchos escritores dotados de un talento excepcional que pensaron que podrían sostener una carrera con tan sólo dejar que su genialidad se expresase, desbordante e irresistible. Y todos acabaron de igual modo, calcinados en su chisporroteo, con la musa completamente exhausta y corroídos por el resentimiento (pues nada amarga más al genial artista malogrado que contemplar a otros menos dotados que él que, sin embargo, lograr sostenerse, trabajando a destajo).

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