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Animales de compañía

Necesidad de los límites

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Comiendo con unos amigos en un restaurante nos burlábamos de ciertos mandatos por completo desquiciados o ilógicos que hemos aceptado con completa naturalidad desde que el coronavirus irrumpiera en nuestras vidas. Así, por ejemplo, que durante las dos horas que dura nuestra comida en un restaurante permanezcamos sin mascarilla para después encasquetárnosla durante el minuto escaso que tardamos en levantarnos de la mesa, cruzar el restaurante y salir a la calle. Alguien resaltó entonces la paradoja del hombre democrático, que se cree plenamente soberano, dotado de autonomía plena, ‘autodeterminado’, y sin embargo se allana ante reglamentaciones por completo absurdas, movido por el miedo o por una extraña sumisión ciega.

Lo característico de la existencia humana es la existencia de límites (empezando por el límite temporal). Los límites son los que definen y determinan nuestra ... andadura terrenal, la arquitectura con la que damos forma (sentido) a nuestra vida, que de lo contrario se convertiría en una materia informe. Del mismo modo que una valla y una podadera dan forma y sentido a un jardín (que, de lo contrario, se precipitaría en selva inextricable), lo que garantiza una vida humana plena es la asunción de unos límites. La sabiduría ancestral ha determinado, por ejemplo, que no se trabaje todos los días, ni todas las horas del día; cuando esos límites se borran, la vida se convierte en una pesadilla, por mucho que nuestra disposición al trabajo sea máxima. La sabiduría ancestral también ha determinado que destinemos nuestro amor a unas personas en concreto, más allá de que estemos dotados para amar sin tasa, pues de lo contrario podríamos incurrir en aquella monstruosidad filantrópica que denunciaba Dostoievski, que a la vez que nos anima a amar a una Humanidad abstracta nos permite odiar a nuestro prójimo concreto. Por supuesto, en el ser humano anida una vocación espiritual que se dispara hacia el infinito y la eternidad; pero la sabiduría ancestral quiso que también esa vocación espiritual se concretase, mientras dura nuestra andadura terrenal, a través de unos límites: la abstinencia y el ayuno son limitados por el calendario, la adoración es limitada por la liturgia, la oración es limitada por la letanía, etcétera. Y aún los místicos necesitan delimitar su vocación espiritual, como aprendemos leyendo Las moradas de Santa Teresa.

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