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ANIMALES DE COMPAÑÍA

Obsesiones capilares

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Hubo una época de mi vida coincidiendo más o menos con los estertores de la adolescencia en que empecé a obsesionarme con la caída del ... cabello. Al levantarme, recolectaba los pelos que se habían desprendido en el curso de mis horripilantes sueños; luego, en el lavabo, mientras me peinaba (procuraba hacerlo muy someramente, sin hincar demasiado las púas), continuaba con aquella labor paranoica, hasta sumar una cantidad de bajas nada insignificante, próxima a la cincuentena. Yo había leído en alguna de esas enciclopedias médicas que se vendían por fascículos (muy recomendables para hipocondriacos y enfermos imaginarios, pues les suministraban una dosis semanal e infalible de zozobras) que la caída del cabello puede considerarse enfermiza cuando supera esa cifra fatídica, así que afrontaba el día con la preocupación de no admitir ni una baja más, como el estratega a quien le han encomendado la defensa de una plaza y no parece dispuesto a retroceder ni un solo centímetro. Para no franquear esa barrera, practicaba los hábitos más estrafalarios e hilarantes, o tal vez supersticiosos. caminaba siempre por la acera de sombra (suponía que la luz solar resecaba el cabello y calcinaba los folículos pilosos), me inventaba excusas laberínticas para evitar el ejercicio físico (suponía que el sudor, aliado con la natural tendencia grasa de mi cuero cabelludo, propiciaría una mayor hecatombe capilar) y evitaba rascarme, sobre todo en la coronilla, que suele ser la zona donde más arraiga la calvicie. Incluso ideé un sistema de ventilación que consistía en exponer el cráneo a las corrientes de aire, pensando que esta refrigeración rudimentaria estimularía la vasodilatación y la actividad metabólica del cuero cabelludo.

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