Animales de compañía
Por un puñado de centavos
Juan Manuel de Prada
Con varios meses de retraso, me entero de la muerte del cineasta Albert Pyun (1953-2022), que llevaba años batallando contra la esclerosis múltiple. A Albert Pyun tuve la suerte de tratarlo (y premiarlo) en una lejana edición del festival de cine de Estepona donde yo oficiaba como jurado. Pyun era un hombre afable, de una timidez zangolotina, siempre arropado por su mujer, Cynthia Curnan (que lo acompañó abnegada e indeclinablemente en sus años más difíciles), siempre embebido en proyectos para los que sólo contaba con toneladas de ilusión y un puñado de centavos.
Albert Pyun era algo así como el Jean-Luc Godard de la serie Z. Especializado en películas de acción y mamporros, su voluntad formal vanguardista ... lo convertía en una rara avis (y, con el tiempo, en un apestado) entre los aficionados más zoquetes a estos subgéneros. Maestro incomprendido de lo que podríamos denominar ‘cine de caspa y ensayo’, Albert Pyun llegó a dirigir medio centenar de títulos de presupuesto siempre paupérrimo, todos ellos alucinógenos y extravagantes, todos ellos de apariencia cutre, pero rodados con un estilo hipnótico. Siempre, claro está, que se vean en su formato scope original; pues las películas de Pyun, filmadas con lentes anamórficas (en un intento de emular la composición del plano y el uso del encuadre de su predilecto Sergio Leone), fueron con frecuencia remontadas por productores desaprensivos y –¡todavía peor!– recortadas en su formato, para reencuadrarlas según las exigencias del cochambroso mercado videográfico de la época.
Albert Pyun elevó los subgéneros más bodriosos al rango de arte. Un arte que algún día será revalorizado como merece
Nacido accidentalmente en San Diego pero criado en Hawái, Albert Pyun fue un cinéfago insomne desde la infancia. Siendo todavía un chaval, se las arregló para trabajar en Japón como aprendiz a las órdenes de Kurosawa, antes de curtirse rodando decenas de anuncios publicitarios. Su primer largometraje, Cromwell, el rey de los bárbaros (1982), una joya menesterosa y arrebatadamente pulp del género de ‘espada y brujería’, aprovechaba el éxito del Conan de John Millius. Y, desde entonces, todo su cine tratará de parasitar las efímeras modas cinematográficas del momento, al servicio de compañías tan famosas (e infames) como Cannon, Full Moon o Empire, donde completó títulos suculentos como Sueños radioactivos o Cyborg, que los amantes del cine de mamporros creen equivocadamente una imitación de Mad Max (cuando en realidad es un homenaje al Keoma de Enzo G. Castellari). En estos años ochenta, Pyun acuña un estilo narrativo y formal personalísimo, donde nunca faltan los ambientes apocalípticos y una estética cyberpunk de desguace, que sabía sacar un provecho cinematográfico pasmoso de hangares abandonados, fábricas demolidas y ciudades arrasadas por la guerra.
Pero será en la década de los noventa cuando Pyun cuaje definitivamente un estilo distintivo. Es entonces cuando funda su propia compañía y al fin puede lograr que sus películas lleguen al mercado videográfico en formato anamórfico, con el sentido prodigioso de la planificación y el empleo operístico del scope que permite disfrutarlas plenamente. A esta etapa pertenecen obras tan estimulantes como Némesis –el eslabón perdido entre Terminator y Matrix–, la claustrofóbica Adrenalina, el spaghetti-western futurista Apocalipsis Omega… Y la que para mi gusto es la mejor de todas, Malas armas, una ensalada de tiros reminiscente del cine de ‘cacerías humanas’, al estilo de El malvado Zaroff, rodada con una estilización coreográfica que deja chiquitos los alardes de John Woo; y sin los consabidos excesos gore de este tipo de películas, pues Pyun no tenía dinero para fingir hemorragias (lo que acentúa la abstracción onírica de Malas armas, junto con la fotografía en estado de gracia de George Mooradian y una banda sonora a ritmo de mambo). En la última etapa de su carrera, cada vez más relegado al ostracismo y acechado por la enfermedad que acabaría consumiéndolo, Pyun todavía brindaría algunos títulos personalísimos de presupuesto pigmeo o inexistente, como Infection (rodado en ‘tiempo real’ y en un solo plano secuencia) o Left for Dead, un potaje de terror y western feminista que esconde algunas citas u homenajes a Man on Fire, la obra maestra de Tony Scott, el hermano suicida (y aventajado) de Ridley.
Haciendo de la necesidad virtud, Albert Pyun elevó los subgéneros más bodriosos al rango de arte. Un arte desconcertante, lleno de magulladuras y tumores, de taras y cicatrices, esotérico y como encapsulado en su rareza, que algún día será revalorizado como merece por las nuevas generaciones. Descansa en paz, entretanto, admirado Albert Pyun, incógnito rey Midas de la caspa cinematográfica.