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Animales de compañía

Pucherazos

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Misteriosamente (quiero decir, sin pretenderlo ni auspiciarlo), durante el último mes me he visto inmerso en un par de discusiones de sobremesa donde personas de opiniones encontradas han especulado con la hipótesis de un pucherazo en las próximas elecciones generales. Entre quienes lanzaban esta hipótesis no sólo había detractores furibundos del doctor Sánchez, sino también algún experto en procesos electorales que consideraba que la entronización de la tecnología facilitará en un futuro inminente este tipo de manipulaciones. Entre los comensales también había personas que consideraban imposible un amaño electoral de estas características, pues –según explicaban– existen muchos mecanismos de control que lo impiden. Quienes temían la posibilidad del pucherazo hacían especial énfasis en el voto por correo, que al parecer carece de custodia efectiva desde el momento en que es depositado; y señalaban que todos los organismos comprometidos en el recuento son de estricta dependencia gubernativa…

La biopolítica se infiltra en las conciencias e implanta en ellas delicadamente opiniones que los implantados perciben como propias

Confesaré que las acaloradas discusiones que se entablaron en estas sobremesas me resultaron muy tediosas. El pucherazo, entendido como alteración del escrutinio de los votos, ... se me antoja una antigualla impropia de los tiempos de ‘biopolítica’ reinantes; los fraudes hoy no se cometen en el cómputo de los votos, sino mediante mecanismos mucho más sutiles, tales como la ‘gestión de las opiniones’ y aun de las conciencias. Decía Rousseau que la mayoría no se equivoca nunca; e Ibsen, saliéndole al paso, afirmaba que la mayoría se equivoca siempre. Ambas afirmaciones son paparruchas: la mayoría, en los tiempos de la biopolítica, ni acierta ni se equivoca, sino que se limita a hacer lo que le mandan; o, dicho con más propiedad, lo que la inducen suavemente a hacer, mediante técnicas persuasivas que actúan a modo de lluvia fina o calabobos sobre la conciencia (técnicas que, por supuesto, nada tienen que ver con la burda propaganda electoral a la antigua usanza). Decía el visionario Léon Bloy hace más de un siglo que «el sufragio universal es la inmolación frenética, sistemática y mil veces insensata de la conciencia»; tal afirmación, por entonces muy osada, hoy se ha vuelto una realidad incuestionable. Y para conseguir que las conciencias se inmolen a la mayoría, la biopolítica se infiltra en ellas e implanta muy delicadamente opiniones que los implantados perciben como opiniones propias. Como nos enseña Edward Bernays en su clásica obra Propaganda, «la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento fundamental en la sociedad democrática».

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