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Animales de compañía

Quien lo probó lo sabe

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Andrés y Natalí son dos amigos venidos de allende el Atlántico que se han enamorado muy seriamente; y, como a todos los enamorados, les gusta hablar de las vicisitudes de su amor, de sus perplejidades y desconciertos. En un determinado momento, Natalí nos confiesa –con rebozo, incluso con cierta extrañeza– que no sería capaz de acostarse con un hombre al que no amase; y casi nos pide excusas al confesarlo, consciente de que sus palabras pueden sonar pacatas. Pero, en realidad, acaba de formular sencillamente una verdad humana muy profunda, tan profunda que nuestra época se ha dedicado a denigrarla y escarnecerla hasta hacerla irreconocible. Y esa verdad es que el cuerpo y el alma –o, si lo preferimos, la carne y el espíritu– no pueden disociarse, aunque su convivencia sea conflictiva. Sólo cuando estamos mutilados podemos acostarnos por puro deseo sexual con alguien a quien no amamos.

Sólo mutilados podemos acostarnos por puro deseo sexual con alguien a quien no amamos

Pero el caso es que muchas veces lo hacemos. Muchas veces el deseo sexual reclama sus ‘derechos’, exige satisfacción, al margen del amor. Y esta ... exigencia, que antaño era habitual en el hombre, ahora la impone también la mujer; pues, como se sabe, lo que nuestra época presenta como ‘avances’ o ‘conquistas’ no es más que equiparación rastrera. Así el deseo sexual y el amor han llegado a disociarse por completo en la conciencia moldeada de las masas, que se nutre de los maniqueísmos más disparatados: por un lado la carne, por otro el espíritu; por un lado el deseo sexual, por otro el amor, muy nítidamente separados en compartimentos estancos. Y es que el secreto propósito de estas separaciones netas sigue siendo el mismo que animaba a los maniqueos de antaño (que separaban el bien y el mal para luego afirmar que tenían el mismo poder): ahora se trata de negar la posibilidad de que el alma pueda gobernar la carne (o, si se prefiere, de que los apetitos puedan ser vencidos por la virtud).

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