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Animales de compañía

Resucitar

Juan Manuel de Prada

Juan Manuel de Prada

Seguramente fue la fe en la resurrección de la carne la creencia cristiana que más rechazo provocó entre los paganos. Para los epicúreos, el cuerpo era un lugar de deleites, pero la muerte lo descomponía sin posibilidad de retorno. Para los platónicos, por el contrario, el cuerpo era una tumba, pero con la muerte se producía la liberación del alma. Así que a aquellos primeros cristianos les tocaba predicar algo que nadie comprendía y que, en apariencia, resultaba por completo contradictorio: por un lado, el Espíritu que libera; por otro, el Verbo hecho carne (o, dicho más brutalmente, al Mesías crucificado que resucita después de tres días). ¡De veras una tarea ardua!

Quizá sea la resurrección de la carne el asunto que menos se toca en la predicación eclesiástica

Lo constata el propio San Pablo cuando se dispone a anunciar el Evangelio en el Areópago de Atenas: «Al oír hablar de resurrección de los ... muertos unos se burlaron y otros dijeron: 'Sobre esto ya te oiremos otra vez'». Hasta ese momento, le ha resultado sencillo atraer a los filósofos de Atenas, que lo escuchan complacidos. Pero cuando aborda la cuestión de la resurrección de la carne los exaspera. ¿No será que se ven atrapados en sus oposiciones mutuas? La predicación de San Pablo contiene, por un lado, la exaltación de la carne y, por otro, la recompensa para el alma. Pero para epicúreos y platónicos, que viven instalados en su vieja polémica, esta reconciliación última de cuerpo y alma les resulta incomprensible (igual, por cierto, que al hombre contemporáneo). A los espiritualistas se les antoja una tesis demasiado material, a los materialistas demasiado espiritual: cada uno proyecta sobre el discurso de San Pablo el error de su enemigo.

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