Animales de compañía
Sugestiones
Juan Manuel de Prada
Los veranos ya no son, por desgracia, aquel bendito páramo informativo en el que se mantenía entretenido al público con noticias chocantes que se estiraban de las formas más rocambolescas concebibles. Ahora tenemos plagas, guerras, restricciones energéticas y unos políticos que no dejan de enredar; de modo que las llamadas ‘serpientes de verano’ apenas pueden asomar la cabeza. Tal vez lo más parecido a una ‘serpiente de verano’ que hemos tenido este año haya sido una proliferación de presuntos casos de ‘sumisión química’, en los que muchachas desprevenidas eran supuestamente inyectadas con sustancias tóxicas indetectables que las convertían en peleles a merced de sus agresores, que así podían desvalijarlas o forzarlas impunemente.
Estos presuntos casos de ‘sumisión química’ protagonizaron una campaña mediática estrepitosa (aderezada, por supuesto, de declaraciones campanudas de diversas polillas del erario público) que logró ... aterrorizar a la población femenina. En la mayoría de los casos, no se llegó a detener a los inoculadores de estas misteriosas sustancias, mucho menos a conocer sus intenciones; pero las polillas del erario público no vacilaron en afirmar que nos hallábamos ante una nueva variante de «violencia machista» que trataba de «amedrentar» a las mujeres y de «expulsarlas del espacio público». Las declaraciones de las presuntas víctimas, entretanto, nos permitieron comprobar que los efectos de la ‘sumisión química’ eran muy similares a los que producen otras sustancias menos misteriosas: mareos, somnolencias, visión borrosa, pérdida de la memoria, etcétera. No faltaron tampoco víctimas que probaron descripciones más originales, como una que afirmó que, al recibir el pinchazo, había sentido «como una vacuna profunda» que le hizo perder la voluntad de inmediato (pero para que una sustancia tenga un efecto inmediato tendría que administrarse por vía intravenosa, no mediante un mero pinchazo). Aunque, desde luego, nadie excedió en originalidad a los ‘expertos’ entrevistados en nuestras televisiones, que describían los síntomas de la ‘sumisión química’ sin saber cuáles eran las sustancias inoculadas.
No faltarán pícaras que aprovechen la moda de la ‘sumisión química’ para justificar los síntomas de una cogorza o colocón
Mientras escribo estas líneas (un par de semanas antes de que ustedes las lean), todas las denuncias de ‘sumisión química’ que se han formalizado han concluido en sobreseimiento. Aunque, desde luego, no deba descartarse que se hayan dado casos verídicos, con el tiempo se probará que, en general, casi todos ellos fueron consecuencia de una sugestión colectiva. No faltarán, desde luego, pícaras que aprovechen la moda de la ‘sumisión química’ para justificar los síntomas de una cogorza o colocón, o simplemente para obtener un poco de atención mediática. Pero sospecho que la mayoría de las mujeres que han denunciado pinchazos que nunca sufrieron no lo han hecho por malicia o truhanería o hambre de protagonismo, sino porque verdaderamente se ‘sintieron’ víctimas de uno de estos pinchazos, verdaderamente ‘sintieron’ los síntomas sobre los que advertían los ‘expertos’ televisivos.
Mucho más inquietante que el fenómeno de la sugestión colectiva resulta la causa que la provoca. Allá por el siglo XVI, la época dorada de la mística, eran muchas las jóvenes que, sugestionadas por la lectura de vidas de santas que habían obtenido en vida las más variadas mercedes divinas (estigmas, visiones, levitaciones, éxtasis, etcétera), imitaban a esas santas en las más variadas disciplinas (oraciones, ayunos, vigilias, mortificaciones), con la esperanza de alcanzar las mismas mercedes. Unas pocas, como Santa Teresa, las alcanzaron; también hubo embaucadoras que se las arreglaron para fingirlas, llegando incluso a infligirse heridas; y hubo un montón de muchachas que ‘sentían’ ingenuamente que recibían esas mercedes, sugestionadas por el clima de arrebatado misticismo en el que vivían, que era el de su época. Y del mismo modo que las jóvenes de aquella época se sugestionaban sinceramente leyendo hagiografías donde se relataban las mercedes divinas que recibían las santas, las jóvenes de nuestra época se dejan sugestionar por el ‘relato’ pergeñado por los medios de comunicación y las polillas del erario público, que presenta a los hombres como depredadores pérfidos, siempre dispuestos a amedrentarlas, a expulsarlas del espacio público, a vejarlas, a someterlas, a violentarlas de las formas más abominables. Porque, para el ‘relato’ de estos miserables, los hombres son monstruos criminales. Y así se favorece que muchas jóvenes se ‘sientan’, por sugestión, víctimas de esos depredadores, que ahora van armados con jeringuillas, como villanos de una serie de Netflix.