Animales de compañía
Torrente
En el café donde solía acudir este verano me tropecé sobre un velador con un puñado de libros expósitos que, al parecer, un cliente que estaba mudándose de casa había dejado allí, por si alguien deseaba proveerse de lecturas estivales. Eran, casi todos ellos, libros horrendos que habían disfrutado de un éxito multitudinario hace algunas décadas; y que, como suele ocurrir con este tipo de libros, a nadie interesaban ya (acabó el verano y la mayoría seguían expuestos en el velador, como perrillos sin amo). Pero entre la morralla había una novela de Gonzalo Torrente Ballester, La isla de los jacintos cortados, que leí con mucho gusto allá en la juventud, mientras estudiaba (o hacía como que estudiaba) en Salamanca. Y, al verlo, volvió a mí el recuerdo de aquel gran escritor a quien solía visitar, en su piso de la Gran Vía salmantina, en las postrimerías de su vida.
Lo recuerdo, lacónico y algo desesperanzado, como un minotauro bondadoso consumido en los laberintos ingratos de la literatura
Recuerdo a Torrente Ballester, con las piernas cobijadas debajo de una manta de cuadros y la voz anciana, casi milenaria, degustando las palabras como si ... fuesen caramelos masticables, entreteniéndolas en los labios e impregnándolas con la saliva del escepticismo y la ironía. Lo recuerdo interrumpiendo la conversación, allá por el mediodía, para pedirle a su mujer que nos anestesiara el hambre con un refrigerio escueto, apenas un vaso de vino que le servía para asear las arterias coronarias (había tenido que dimitir de los wiskis, que eran su gasolina intelectual, por prescripción médica) y unos taquitos de queso que comía sin atisbo de gula, con una resignada parsimonia que se parecía al desdén. Torrente miraba sin ver, atrincherado de dioptrías que le infundían una especie de lucidez introspectiva, como si el profuso caudal de su imaginación se hubiese refugiado en esos territorios laberínticos donde anida la memoria. Se quejaba (pero lo hacía sin estridencias, con una indecisa amargura) de haber perdido con la vejez su capacidad fabuladora; pero todavía seguía dictando sus libros a su mujer y luego proponiendo rectificaciones sobre el mecanoscrito que ella pacientemente le leía, en la penumbra de aquel cuarto donde la vida parecía suspenderse de un hilo.
Quizá por desdeñar los itinerarios más trillados de la literatura española fue Torrente un autor poco comprendido en su radical y obstinada apuesta estética. Cuando sus contemporáneos perseveraban en una novela cazurra y realista que ni siquiera se había afeitado el pelo de la dehesa, Torrente clamaba en el desierto de la indiferencia con una obra atenta a la captación de lo maravilloso y a la indagación de esos finisterres del lenguaje donde la inteligencia establece un juego malabar con las palabras. Igual que Cervantes hizo que los protagonistas de la primera parte del Quijote hubiesen leído la segunda, Torrente inmiscuía en la trama de sus novelas perplejidades y reflexiones sobre el oficio de la escritura que difuminaban los límites entre realidad y literatura. En el fondo, Torrente estuvo escribiendo siempre sobre la indefinición del hombre moderno, sobre su patética condición de espectro en busca de una identidad escindida o inexistente. El Napoleón inventado por Metternich en La isla de los jacintos cortados; el Uxío Preto desdoblado en heterónimos de Yo no soy yo, evidentemente; el José Bastida que se disgrega en la identidad colectiva de esa ciudad levitante y casi legendaria, Castroforte de Baralla, en La saga/fuga de J. B.; el Filomeno Freijomil que se desdobla en Ademar de Alemcastre para disfrazar su desasosiego en Filomeno, a mi pesar; el narrador consciente de no ser sino «un conjunto de palabras» de Fragmentos del Apocalipsis, no eran sino expresiones diversas de ese juego de máscaras en el que el hombre moderno necesita refugiarse para afrontar el horror de su propia inconsistencia.
Guiado por una modestia que resulta exótica por estos pagos, Torrente restó siempre importancia a la magnitud de su empresa. Quizá no hayamos tenido un escritor tan dotado para construir arquitecturas imaginativas y vastos entramados de fantasía que desafíen el tránsito de las modas. Recuerdo a Torrente, anciano y memorioso, acercando una mano trémula a los libros que yo le tendía, para que estampase en ellos su firma ciega, escrita con trazos jeroglíficos, como dudosa de su propia identidad o distorsionada por los espejos paradójicos de la irrealidad. Lo recuerdo, lacónico y algo desesperanzado, en la penumbra de aquel cuarto, exhausto tras sesenta años de escritura insomne, como un minotauro bondadoso consumido en los laberintos ingratos de la literatura. Y ese recuerdo me ha lastimado como una úlcera, al ver su libro mezclado con bodrios impronunciables. Lo he rescatado y me lo he llevado a casa, como quien se lleva una joya sepultada entre la roña.