Animales de compañía
Un asesinato muy literario
Juan Manuel de Prada
Ha caído en mis manos un curioso libro, The House of Baskerville, que me ha recordado aquella sentencia que afirma que, en arte, el robo sólo es admisible si va precedido de asesinato. Su autor, Rodger Garrick-Steele, sostiene que Arthur Conan Doyle, el celebérrimo creador de Sherlock Holmes, planeó minuciosamente la muerte de su amigo Bertram Fletcher Robinson, un oscuro escritor y avezado periodista que ocupó la corresponsalía del Daily Express en África del Sur durante la Guerra de los Boers y que, según los informes forenses, falleció de fiebres tifoideas. Garrick-Steele sustenta la hipótesis de que, en realidad, Robinson murió envenenado por las dosis de láudano que Conan Doyle le suministraba en los tés que, muy obsequiosamente, le invitaba a tomar en su casa. Al parecer, la ingestión de láudano se anuncia con síntomas muy similares a las fiebres tifoideas, algo que Conan Doyle debía saber, pues entre los conocimientos que atribuye a su criatura de ficción, el muy misántropo Holmes, figura una erudición pasmosa sobre la farmacopea mortífera.
¿Y cuál fue el móvil de este presunto asesinato, tan extremoso que ni siquiera reparó en los vínculos de la amistad? Pues nada más ... y nada menos que el plagio impune de El sabueso de los Baskerville, la obra magna del ciclo holmesiano, cuyo manuscrito Robinson habría confiado a Conan Doyle, para que le corrigiese algunas asperezas del estilo. Al reparar en la eficacia sobrecogedora de la trama, Conan Doyle no habría tenido empacho en ‘rectificar’ su autoría con la colaboración del láudano. Lo más estupefaciente del caso es que los especialistas holmesianos se han abalanzado furiosos sobre Garrick-Steele, argumentando que la celebérrima novela fue escrita por Conan Doyle, si bien reconocen que el argumento le fue regalado por Robinson. O sea, que el plagio existió, aunque revestido de circunstancias menos truculentas que las expuestas por Garrick-Steele.
Arthur Conan Doyle, el celebérrimo creador de Sherlock Holmes, planeó minuciosamente la muerte de su amigo, un oscuro escritor
Por supuesto, todos los expertos y estudiosos de Conan Doyle se apresuraron a desmentir las lucubraciones de Garrick-Steele, descartando las acusaciones de asesinato. Y aunque el autor del libro solicitó que el cadáver de Bertram Fletcher Robinson fuese exhumado, para comprobar si todavía se podían rastrear en sus restos trazas de la supuesta sustancia tóxica que habría acabado con su vida, los tribunales se negaron en redondo a conceder la autorización. En cualquier caso, aunque algún día esa exhumación se realizase y los análisis científicos llegaran a determinar que Robinson fue envenenado, nunca se inventará la prueba genética que pueda determinar la paternidad de El sabueso de los Baskerville. Cuesta imaginarse a Conan Doyle ocupado en tareas homicidas, pero, puestos a imaginarlo, ¿por qué no defender otra hipótesis más bella y alambicada? ¿Por qué no admitir la posibilidad de que Conan Doyle, después de leer el infame manuscrito entregado por su amigo Robinson, aderezado de imperdonables anacolutos, trufado de episodios torpísimos, lastrado de diálogos campanudos o cursilones, planificara un asesinato por compasión para no tener que desengañar a Robinson y, sobre todo, para ahorrarle el escarnio que la publicación de esa novelucha le acarrearía?
Recordábamos al comienzo de este artículo aquella sentencia que afirma que el plagio es lícito si va precedido de asesinato; es decir, con la condición de que el robo se utilice provechosamente, creando una nueva forma expresiva que se distinga de la anterior, haciéndola olvidar. Si Conan Doyle utilizó una obra anterior para escribir su obra maestra, no habría hecho nada distinto a lo que antes y después hicieron otros grandes maestros, desde Virgilio a Borges, pasando por Shakespeare, Goethe, Stendhal o Valle-Inclán, que escribieron sus obras inmortales vampirizando obras previas.
Conan Doyle entretuvo los últimos años de su existencia en coloquios con los espíritus de ultratumba. ¿Acudiría a aquellas sesiones de parapsicología el cadáver de Robinson, para reclamar una reparación? ¿Padecería el creador de Sherlock Holmes una senectud atormentada y muy concurrida de espectros que le recordarían su apropiación? Seguramente la hipótesis de Garrick-Steele sea por completo estrafalaria; pero, de probarse cierta, sólo confirmaría que el plagio acompañado de asesinato también puede ser una obra de caridad ante la posteridad, cuando se ejercita contra plumíferos infectos que desaprovechan un gran asunto, como al parecer hizo aquel Robinson, antes de que Conan Doyle convirtiera su bodrio en lo que hoy conocemos como El sabueso de los Baskerville.