Animales de compañía
Una engañifa
Juan Manuel de Prada
En algún artículo anterior hemos analizado los desbarajustes y contradicciones insalvables que se producen en el juicio humano cuando se quiebra la unidad existente entre razón teórica y razón práctica; y hemos ilustrado nuestro análisis con ejemplos muy ilustrativos repescados del alud de noticias que cada día nos apedrea las meninges.
Vamos a ilustrar una vez más esta quiebra reparando en un asunto que hace algunas semanas hizo correr ríos de tinta. Siendo, además, un asunto ... eclesiástico, la quiebra resulta todavía más penosa y llamativa. Me refiero a esa disposición pontificia que permite a los sacerdotes católicos 'bendecir' (entrecomillamos el verbo porque se trata de bendiciones sui generis, como luego veremos) parejas de divorciados u homosexuales casados civilmente. La disposición de marras fue acogida con reticencias más o menos taimadas en el ámbito conservador católico, mientras en el ámbito progresista se le dispensaban aplausos también taimados; pues los progresistas que no se chupan el dedo enseguida advirtieron que se trataba de una engañifa (pero, en cualquier caso, la aplaudieron, por chinchar a los conservadores y porque puede ser un portillo abierto a futuras conquistas). Pero ni unos ni otros se atrevieron a decir que, en realidad, la disposición era un monumento a la más pura irracionalidad.
La Iglesia ha terminado claudicando ante un mundo que ha dimitido de la razón, tanto de los principios como de su aplicación
Por razón teórica se entiende la capacidad humana para alcanzar principios universales; por razón práctica, la capacidad para aplicar tales principios en la materia mudable de la vida. Como principio universal, la Iglesia católica proclama que el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio canónico entre un hombre y una mujer; y que todo acto sexual que se consume fuera de éste constituye siempre un pecado y excluye de la comunión sacramental. Ahora bien, la Iglesia, tan intolerante en los principios (porque cree), se ha mostrado siempre muy tolerante en la práctica (porque ama); y, a la hora de aplicar este principio a la materia mudable de la vida, ha contado siempre con las flaquezas y debilidades humanas, ligadas a su naturaleza (que no es angélica). De ahí que, sin variar el principio universal, haya sido consciente de que su cumplimiento no siempre resulta fácil; y a los incumplidores (por muy relapsos que sean) les ha brindado, aparte del sacramento de la confesión, muchas y muy variadas formas de atención, cada una pensada para las circunstancias personales de cada uno. Así se producía la conjunción prodigiosa de razón teórica y práctica, en donde ésta no corrige a aquélla, sino que ambas se completan y complementan: la primera dedicándose a la percepción panorámica de la realidad; la segunda dedicándose, mediante el ejercicio de la prudencia, al 'conocimiento directivo', que permite dar existencia concreta a la verdad, encarnándola en las circunstancias de cada persona.
Pero hasta la Iglesia ha terminado claudicando ante un mundo que ha dimitido de la razón, tanto de los principios (porque no cree) como de su aplicación práctica (porque no ama). Y así ha resuelto elevar el juicio de la razón práctica al plano de la razón teórica, permitiendo 'bendecir' parejas que se han formado al margen del matrimonio canónico. Pero, como sabe que bendecir tal cosa conculca el principio universal que durante veinte siglos ha proclamado, se inventa o saca de la manga (en una tomadura de pelo o truco bastante evidente) unas 'bendiciones' sucedáneas que, como el propio texto de la disposición señala, deben carecer de 'fórmula sacramental' (es decir, son como las bendiciones que se echan a los perritos y a los gatitos) y exigen que los bendecidos vayan 'vestidos de calle' (o sea, sin galas ni etiqueta alguna) y que no se produzca 'celebración posterior'. Es decir, se está describiendo una escenificación de baratillo y tapadillo, un bodorrio cutre y vergonzante cuya condición de remedo grotesco se prueba en las morcillas que el cura motivado de turno tendrá que improvisar, convertido por un rato en charlatán de feria.
Al renunciar a la razón teórica que proclamaba un principio, también se tiene que renunciar fatalmente a la razón práctica que permitía comprender las variadas flaquezas humanas, que desde entonces se tienen que despachar con una pantomima que a todos nos haga creer que somos angélicos. Es algo tan burdo como despiadado, propio de quienes han dejado de creer y amar y se conforman con quitarse de encima los problemas que salen al camino de la vida. Se trata, en fin, de una artimaña puramente pragmática, una engañifa que ilustra el descoyuntamiento entre razón teórica y razón práctica; y también el ansia inmoderada de complacer al mundo de quienes la urdieron.