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PATENTE DE CORSO

El salto del tigre

Arturo Pérez-Reverte

Estoy en Nueva York, tomando una cerveza en un bar que acabo de convertir en mi favorito: un acogedor antro del Village con una barra ... en la que a media mañana se alinea una fila de bebedores tempranos con pinta de tipos duros, incluido un guaperas sesentón que se pasa el tiempo mirando en el móvil fotos que le mandan sus novias. El bar tiene pinta de pub irlandés con madera oscura y chimenea, incluida una camarera perfecta para el sitio, simpática, rubia, guapa, grandota y maternal, a la que supongo, porque da el tipo y es el lugar idóneo, diversos tatuajes repartidos de modo estratégico por su abundante anatomía. Cualquier intento de despejar la curiosidad sobre el asunto, dadas las notables dimensiones de la señora, sería agotador a mi edad, y me temo que a la de cualquiera; así que me limito a los cálculos intelectuales distantes mientras estoy en el bar, como digo, trasegando una Heineken después de haberme tomado un Actrón, disfrutando del sitio y de la compañía, y pensando que, aun con todo eso, lo que más me gusta de este bar es el nombre: The Blind Tiger, el tigre ciego. Que es un nombre cojonudo.

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