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PATENTE DE CORSO

Viento antes del amanecer

Arturo Pérez-Reverte

La meta son las islas Privilov. El premio, una de las dos goletas: la que pierda la carrera mientras navegan ciñendo a rabiar con todo ... el trapo arriba. La Peregrina y la Santa Isabel, una dando caza a la otra, adelantándola por barlovento para desventar sus velas. Las proas dando machetazos en la marejada, la música y la piel que se eriza cuando ves de nuevo esa secuencia, igual que se te erizó cuando sentado en un cine la viste por primera vez hace sesenta años y también cada una de las muchas veces que desde entonces has vuelto a verla: Gregory Peck mirando arriba mientras considera si debe izar la vela escandalosa, Anthony Quinn inquieto, atento a lo que hace su perseguidor. Y el grito desafiante de los cazadores: «¡Allá vamos, Portugués!». Raoul Walsh, o sea, El mundo en sus manos. Lágrimas en la cara y felicidad absoluta del espectador. El cine ha rodado muchas escenas hermosas en el mar, pero ninguna, nunca, como ésa.

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