Hasta en los interrogatorios tras la caída del nazismo le preguntaron por los genitales de Hitler. Aunque no hay prueba de que la pasión que ambos confesaban sentir llegase a la cama, la prolífica vida sentimental de Leni Riefenstahl ha hecho correr ríos de tinta. Ahora la recrea Reyes Monforte con su personal enfoque en su nueva novela 'La mirada del mal'.
Reyes Monforte
Viernes, 20 de febrero 2026, 10:47
La danza de la señorita Riefenstahl a la orilla del mar es lo más hermoso que he visto jamás». Fue el comentario de Hitler al ... verla, en 1926, en una escena de la película La montaña sagrada. Aún faltaban seis años para que aquella joven bailarina y actriz conociera al hombre que cambiaría su destino y el de toda la humanidad.
Sucedió una tarde de febrero de 1932, cuando Leni Riefenstahl, animada por un amigo, asistió a un mitin del líder del NSDAP en el Palacio de Deportes de Berlín. El magnetismo que desprendía aquel hombre la abandonó en un estado de fascinación que rozó la semiinconsciencia. Sintió que «la tierra se abría a sus pies» y que «un potente géiser salía de su interior». «Querida, estás describiendo un orgasmo», bromeó su amigo. No fue la única en sentirlo: los 25.000 alemanes que llenaban el recinto también lo experimentaron. Pero ninguno de ellos era Leni. Ella era la promesa del cine alemán, la novia de Alemania que protagonizó las películas de montaña del director Arnold Fanck, la joven que triunfaba como directora con su primera cinta, La luz azul, la bella actriz que hacía publicidad del cosmético Amor Skin y cuyo rostro copaba las portadas de las revistas. «Es la mujer con la que Alemania sueña», reiteró Hitler. Después de aquel mitin fue ella quien empezó a soñar con él; quería conocerlo.
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Leni le escribió una carta. No tenía muchas expectativas de respuesta. Dudó de si actuaba correctamente, pero, como rezaba el cartel del club Eldorado de Berlín, el paraíso de la diversión y la perversión: «Hier ist's Richtig!», 'Todo estaba permitido' en aquel Berlín pecaminoso de la República de Weimar, cuando ella asistía al estreno de Metrópolis, de Fritz Lang; posaba sonriente en las fotos con Marlene Dietrich en el Baile de los Artistas; frecuentaba el salón de la judía Betty Stern con lo más variopinto del artisteo; y acudía al Café Romanisches, donde Billy Wilder escribía el guion de su primera película. Tres días después de enviar la carta, el 21 de mayo de 1932, recibió la contestación: «El Führer estará encantado de recibirla mañana».
Decidió saltarse la rueda de prensa de su nueva película, SOS Iceberg, para acudir a la cita. El encuentro fue en la playa de Horumersiel, donde Hitler se reunía con su plana mayor. Ante el fotógrafo personal del Führer, Leni estrechó su mano: «Por favor, Hoffmann, no haga fotografías. No me gustaría que alguien pudiera utilizarlas para perjudicar a la señorita Riefenstahl». Pero ya era tarde; la Leica había inmortalizado el instante. Los dos pasaron horas hablando de cine, pintura y libros. «Cuando lleguemos al poder, me sentiría muy honrado si usted accediese a realizar mis películas». Aquella noche, Hitler la invitó a dar un paseo. Él se acercó a ella para intentar abrazarla. Leni se apartó, rehusando la intimidad pretendida. No era el primer hombre al que rechazaba; su vida sentimental era un carrusel que ella accionaba.
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El director Arnold Fanck, que le dio su primer papel protagonista, se enamoró perdidamente de ella mientras presenciaba, impotente, la relación que Leni mantenía con su compañero de reparto Luis Trenker. La noche que los sorprendió besándose, el director intentó suicidarse arrojándose a las heladas aguas de un río. Pero el Führer, lejos de admitir el rechazo, optó por hacer su propio relato: «No puedo amar a ninguna mujer hasta que haya conseguido mi gran obra. Me debo a Alemania, sin distracciones».
Con la llegada de Hitler al poder, Leni Riefenstahl se convirtió en la mujer más famosa del Tercer Reich y en la directora más célebre, después de dirigir El triunfo de la voluntad, el documental sobre el sexto congreso del Partido Nazi –premiado con la Medalla de Oro en el Festival de Venecia–, y Olimpiada, sobre los Juegos Olímpicos de Berlín. En noviembre de 1938, Estados Unidos la recibió con el titular de The New York Daily Mirror: «Tan bonita como una cruz gamada». Ella sonreía ante las cámaras cuando los periodistas le preguntaban si era la novia del Führer, como publicaba el Hollywood Tribune, y reía al ver la portada de la revista Newsweek, donde aparecía como «La amiga de Hitler».
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Sin embargo, la sonrisa que ofrecía a la prensa estadounidense se les congeló a los norteamericanos tras el estallido de la Noche de los Cristales Rotos (pogromo violento contra los judíos en toda Alemania en noviembre de 1938: sinagogas incendiadas, comercios destruidos, más de 90 muertos y 30.000 judíos deportados a campos de concentración). «Los ojos de Hitler» se convirtieron en la mirada del mal. La Liga Antinazi de Hollywood llamó al boicot contra Leni. Eso provocó que Gary Cooper anulara su cena con ella, Greta Garbo no acudiera a la cita y Walt Disney decidiera no proyectar Olimpiada en su casa. Ni siquiera apareció Glenn Morris, el decatleta estadounidense reconvertido en actor e intérprete de Tarzán, con quien había tenido una relación y protagonizó el escándalo de los Juegos de Berlín cuando, al ganar la medalla de oro, él corrió hacia Leni, le abrió la blusa y la besó en los pechos ante las cien mil personas que abarrotaban el estadio y bajo la atenta mirada de Hitler en el palco de autoridades.
Riefenstahl sabía gestionar rumores y esquivar desprecios. Lo hizo cuando su expareja Luis Trenker propagó entre la profesión el mote de «grieta glacial» para referirse a ella, y no por la caída que Leni sufrió en el interior de un glacial durante un rodaje, sino por su promiscuidad sexual. No sería la única venganza que Trenker se cobraría: terminada la guerra, publicaría un supuesto diario de Eva Braun con detalles sobre los juegos eróticos de Leni con Hitler, que la justicia condenó por tratarse de una falsificación.
«Las personas como usted suelen estar solas. Muchos hombres no le perdonarán su talento. La vida no se lo pondrá fácil», le advirtió Hitler.
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Al Führer le gustaba Leni y ella lo aprovechaba, sin importarle en lo que eso la convertía. «Sé lo que estoy haciendo. Si fuera un hombre, nadie me reprocharía nada. ¿Acaso Miguel Ángel no trabajó para el poder establecido? ¿No lo hizo Serguéi Eisenstein en El acorazado Potemkin para Stalin?». Incluso el ministro de Propaganda del Reich, Joseph Goebbels, cuyo acoso sexual Leni denunció ante el Führer, lo reconoció: «La señorita Riefenstahl es la artista que mejor nos entiende». Por esa razón, Hitler aprobó la edificación del Complejo Cinematográfico Leni Riefenstahl. «Es usted la directora de cine más famosa del mundo. Y es alemana. ¡Cómo no iba a estar Alemania a la altura de su talento! Solo un cataclismo impediría su construcción». A solamente unas horas de iniciar las obras, el 1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas invadían Polonia.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial no evitó que Hitler financiara los proyectos cinematográficos de Leni. En plena contienda aprobó la concesión de cinco millones de marcos para su película Tierra baja. Riefenstahl tardó veinte años en estrenarla y fue acusada de haber utilizado como extras a prisioneros de un campo de concentración.
Tachada de ser «la realizadora del diablo», ella defendió su obsesión por buscar siempre la belleza, tanto en el trabajo como en el amor. Así justificó el poder visual del nazismo en sus películas y también la elección de sus compañeros sentimentales. «¿Por qué la intimidación y el ardor siempre me parecen irresistibles?». Prueba de ello fue su matrimonio con el teniente de infantería Peter Jacob, con quien estuvo casada entre 1944 y 1946; el juego de seducción con el jefe de la Gestapo, Rudolf Diels, enviado por Hermann Göring para velar por la seguridad de la directora; o sus devaneos con un famoso torero durante su estancia en España mientras buscaba toros bravos para su nueva película, nunca reveló quién, de la ilustre terna que frecuentaba, era el afortunado: Bienvenida, Belmonte o Manolete.
La excepción a la regla fue el cámara Hans Schneeberger: no era guapo ni atlético ni sonreía como un actor de cine, pero con él vivió una relación de tres años, a principios de la década de los treinta, que Leni antepuso a todo, incluso a la propuesta del director Josef von Sternberg de llevarla a Hollywood para convertirla en una gran estrella, como había hecho con Dietrich. Hans la abandonó por otra mujer y lo hizo por carta: «Lo que voy a decirte me duele a mí más que a ti: ya no te amo. He conocido a otra mujer, me he enamorado de ella y estamos viviendo juntos. No me culpes». Leni gestionó la traición autolesionándose en la cara interna de los muslos. Tardó años en superar aquel fracaso sentimental. Tras la muerte de Hitler, incluso la esposa de Hans, Gisela, a quien Leni contrató como fotógrafa a petición de Schneeberger y sacó de la prisión de Innsbruck donde permanecía por criticar al Führer, renegó de ella: «¡Eres la puta de los nazis! No pienses que te ayudaremos».
Ni los juicios de desnazificación –siendo finalmente clasificada como «compañera de viaje por simpatías u oportunismo», sin sanción legal– sirvieron para borrar la alargada sombra que siempre la acompañaría. Por muy lejos que huyera, nunca podría escapar de ella. La pregunta del interrogador, tras ser detenida en mayo de 1945, lo auguró: «¿Cómo eran los genitales de Adolf Hitler? ¿Presentaban algún tipo de deformidad?».
Con 101 años se casó con Horst Kettner, su compañero desde hacía treinta y cinco, cuarenta años más joven. «El amor tiene demasiadas vertientes para ser encasillado». Con él vivió la resurrección artística como fotógrafa. La cancelación de su controvertida figura siempre estuvo presente, aunque cineastas como Steven Spielberg o Ford Coppola la definieron como una gran cineasta que transformó el lenguaje cinematográfico y una documentalista sobresaliente por el valor estético de su filmografía. Para George Lucas era la directora de cine más moderna, y Charles Chaplin o Frank Capra reconocieron haber bebido de su técnica. Andy Warhol, Federico Fellini, Quentin Tarantino, Jean Cocteau o Mick Jagger alabaron su obra, y muchos la compararon con Alfred Hitchcock y Orson Welles. «Todos hombres. Ni una sola mujer», lamentó Leni.
Sobre la firma
Reyes Monforte
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