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El pintor de la soledad nunca estuvo solo: Jo, la mujer que inspiró a Edward Hopper

Musa, modelo, esposa

El pintor de la soledad nunca estuvo solo: Jo, la mujer que inspiró a Edward Hopper

Una mujer aislada en una habitación, una dama en un tren, un solitario y enigmático desnudo femenino... Y siempre, tras el trazo, la misma mujer: su esposa, Josephine Verstille. Su única musa. No quería que nadie más posara para él. Indagamos en la gran pasión de este genio tranquilo.

Hay pocos pintores tan idénticos a sus cuadros como Hopper. Y pocos también tan ajenos a las interpretaciones que su obra inspiraba. Tan impermeables al fragor de las vanguardias que triunfaron a su alrededor...

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Pocos que con ese aspecto de vendedor a domicilio o gánster de medio pelo y una vida tan anodina como la suya fueran tan grandísimos ... artistas. Es el secreto atractivo de su arte, que nunca se propuso lo que logró. Era un joven desgarbado y tranquilo, que creció y vivió en un hogar en el que mandaban las mujeres –su madre, su abuela, su única hermana y la criada– y que, ya adulto, puso a otra mujer en el centro de su vida: Josephine Verstille, una compañera de clase, pintora también. Jo, con la que Hopper se casó en 1924, a los 42 años, y con la que vivió hasta su muerte, se convirtió en su mánager y en la modelo inevitable de casi todos sus cuadros, porque no quería que ninguna otra mujer posara para él. Eran perfectamente opuestos.

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