Hollywood lleva más de un siglo transformando a los actores en manufacturados semidioses mediante electrólisis, carillas dentales, exfoliaciones químicas, 'liftings', rinoplastias, aumento de mamas... los estudios decidían qué, cuándo y cómo.
Isabel Navarro
Viernes, 10 de abril 2026, 10:42
Con el rostro envuelto en vendajes tras una operación para transformar su nariz de 'prominente' a 'meramente decorativa', Fanny Brice soportó con paciencia la dura ... prueba de una hora y cuarenta minutos mientras los cirujanos le extirpaban suficiente cartílago de la nariz para devolverla 'a la normalidad'». La cita pertenece a una pequeña noticia que publicó The New York Times el 16 de agosto de 1923 escrita por su enviado especial en Atlantic City. Hoy en día el nombre de Fanny Brice nos dice más bien poco, pero la película Funny girl, de Barbra Streisand, se inspiró en la biografía de esta actriz cómica que pretendía ser «más femenina» y «menos étnica» (o sea, menos judía) con su nuevo perfil y se convirtió en una pionera de la rinoplastia.
El exhibicionismo de Fanny Brice ante la prensa fue una extravagancia para los años veinte, pero su cirugía no era tan excepcional como cuentan las crónicas. «Históricamente, los cómicos han sido los únicos famosos honestos sobre sus retoques –explica Joan Kron, autora del libro LIFT: desear, temer y someterse a un lifting facial (inédito en España)—. La mayoría de las celebridades practica lo que yo llamo 'el juramento hipócrita', que consiste en mentir y decir que nunca se las han hecho. ¡Ni siquiera Michael Jackson lo admitió!».
Otra eminente excepción entre los humoristas que han hablado libremente de sus retoques fue la monologuista Joan Rivers, que llegó a pasar por el bisturí 365 veces y en cuya vida se basa el personaje de La maravillosa Mrs. Maisel (Prime Video) y el de la diva de la serie Hacks (HBO Max). La irreverencia de Rivers es legendaria gracias a frases como: «Me he sometido a tantas cirugías plásticas que, cuando muera, donarán mi cuerpo a Tupperware».
Hollywood impuso una ficción deslumbrante fuera y dentro de las pantallas: las estrellas debían ser semidivinas, misteriosas e inalcanzables. La cirugía estética y la industria del entretenimiento han sido simbióticos desde sus inicios, y los actores (en especial ellas) se veían obligados por los estudios a pasar por el quirófano... si es que querían trabajar. Hollywood lleva más de un siglo transformando a gente 'normal' en manufacturados semidioses mediante dietas, electrólisis, carillas dentales, exfoliaciones químicas y retoques de quirófano.
Un momento clave en la historia de la cirugía estética –y su relación con el cine– fue la invención del primer plano cinematográfico alrededor de 1908 (poco después del primer estiramiento facial), por el director D. W. Griffith y el cámara G. W. Billy Bitzer. El primer plano convirtió a los artistas en estrellas, pero acercó tanto la cámara al rostro que el maquillaje, la iluminación, los filtros y los recubrimientos para lentes –como la vaselina y la gasa– se hicieron insuficientes.
Gloria Swanson dijo una vez quejándose del cine sonoro: «No necesitábamos diálogo, teníamos rostros». Claro que, para conservar el suyo, se sometió a siete estiramientos faciales en sus 60 años de carrera. La primera superestrella que pasó por una cirugía de rejuvenecimiento facial, de la que se tiene constancia, fue la actriz francesa Sarah Bernhardt, que nació en 1844. Cuando empezaba su carrera cinematográfica, Marlene Dietrich se hizo extraer las muelas superiores para conseguir un efecto de pómulos elevados realzando su estructura ósea. En su ascenso a la fama, estrellas como Hedy Lamarr (considerada entonces la mujer más bella del mundo) y Merle Oberon también pasaron por el quirófano. Y, en su declive, Joan Crawford, Lana Turner, Burt Lancaster, Robert Mitchum, John Wayne y (de nuevo) Hedy Lamarr también lo hicieron, esta vez buscando retrasar lo inevitable y siempre fieles al inmisericorde aforismo de la escritora Dorothy Parker: «La gente merece ser joven o estar muerta».
La cirugía plástica recibió un gran impulso en la década de 1950 gracias al cinemascope y a la televisión, que magnificaban hasta el más mínimo poro. Se dice que la socialite Barbara Hutton, emparentada con la aristocracia de Hollywood por su breve matrimonio con Cary Grant, viajaba con su propio anestesiólogo y se recuperaba de sus liftings faciales en el hotel Bel Air luciendo cada día un sari de diferente color y joyas a juego.
La mayoría de la gente del cine, sin embargo, fingía no haberse operado jamás y evitaba saludar a sus cirujanos en eventos sociales. Michael Gurdin, de quien se rumorea que operó las orejas a Clark Gable y le corrigió la cicatriz de la traqueotomía a Elizabeth Taylor, apenas era tratado como un paria en las fiestas. «La gente se quedaba paralizada al ver a Michael –recuerda su viuda–. Había operado a casi todas las personas presentes en la sala, pero jamás lo saludaban públicamente».
Las excusas para negar lo evidente eran variopintas. Bette Davis, por ejemplo, justificaba los efectos de un estiramiento facial diciendo que había cambiado de esteticista y se había inyectado células de oveja en Suiza.
Si conocemos todos estos cotilleos médicos es gracias a la periodista Joan Kron, cuya tardía carrera se cimentó en una columna de belleza para la revista Allure especializada en la cirugía plástica de los famosos. En los años noventa, los medios no consideraban este tema como un asunto noticiable, pero Kron se convirtió en una especie de «corresponsal» en los quirófanos y cambió el paradigma. Fue ella quien en 2013 hizo una exhaustiva investigación sobre las cirugías estéticas por las que pasó Marilyn Monroe. Según su artículo (en el que citaba testimonios de quienes estuvieron presentes, así como historiales médicos y radiografías subastadas ese mismo año), Monroe se sometió a un injerto de mentón, con cartílago bovino o esponja, alrededor de 1950. Además, las radiografías de cráneo de su autopsia revelaron una fractura en la punta de la nariz, lo que sugiere una rinoplastia menor.
Según Kron, aparentemente, esa cirugía lo cambió todo, ya que en 1949 Marilyn Monroe era una actriz con un contrato de 75 dólares a la semana que «no iba a ninguna parte». Pero después de oír a alguien en una fiesta referirse a ella como «una maravilla sin barbilla», Monroe consultó al cirujano plástico John Pangman, quien le diagnosticó «una leve planicidad del mentón» y le realizó un injerto de cartílago. Unos días después de la operación llamaron a Monroe para hacer una prueba. Aplazó la audición una semana, explicando que se había caído y se había golpeado el mentón. Cuando finalmente acudió al casting, el director le dijo: «Cariño, deberías haberte operado el mentón hace dos años». Se cree que el director era John Huston y la película, La jungla de asfalto.
Pero no todo eran resultados color de rosa para quien accedía a pasar por el bisturí. Los errores también se daban con frecuencia y el precio se volvió exorbitante. La actriz canadiense Mary Pickford llegó a Hollywood en 1910, unos años antes de que la ciudad se erigiera en el epicentro de la industria, y se convirtió en una de las estrellas más populares del cine mudo. Expresiva y entretenida, parecía en pantalla mucho más joven de lo que realmente era, lo que significa que podía interpretar cómodamente personajes infantiles hasta bien entrada la veintena.
Sin embargo, Pickford rodó su última película, Secretos, en 1933, a los 40 años, justo cuando la industria completaba su transición al cine sonoro. Nunca anunció el motivo de su retirada, pero abundan los rumores sobre una desastrosa cirugía que limitó sus habilidades interpretativas y la expulsó del cine para siempre. Las imágenes de la época del sonido la muestran con una leve mueca, hablando por un lado de la boca, y al compararlas con las de la década anterior se hace evidente que sus antiguas expresiones se habían desvanecido.
Tampoco el aumento de pecho nació como un procedimiento inocuo, como pudieron comprobar trágicamente prostitutas, transexuales y travestis durante décadas. A principios del siglo XX se utilizaban materiales como inyecciones de parafina, marfil, bolas de vidrio, caucho de suela, cartílago de buey o lana de Terylene, con resultados desastrosos. La silicona empezó a usarse en Japón inyectándose en formato líquido directamente en el tejido mamario. Las primeras usuarias de este procedimiento japonés fueron prostitutas, que esperaban atraer a militares estadounidenses. Ninguno de aquellos clientes oyó sus quejas posteriores: en los peores casos, las pacientes eran obligadas a someterse a mastectomías tras gangrena en sus senos. A pesar de que las autoridades sanitarias estadounidenses prohibieron las arriesgadas inyecciones para el aumento de pecho, el procedimiento siguió cobrándose víctimas en Hollywood, cuyo ecosistema funcionó como canario en la mina de cualquier transformación física que posteriormente llegaba al gran público. Tras los catastróficos inicios, a finales de los sesenta las operaciones de aumento de mamas se volvieron más seguras y se dice que si Los Ángeles tiene el sobrenombre de L. Á. es porque se corresponde con el acrónimo de «liposucción y aumento». Ni siquiera el gran terremoto de 6.6 en la escala de Richter de 1994 pudo detener la gran maquinaria de la cirugía plástica, y aquella mañana, pese a los bloqueos de carreteras, las autopistas colapsadas y las réplicas sísmicas, los quirófanos siguieron funcionando con generadores eléctricos.
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