Una extirpación cerebral para tratarle una epilepsia severa dejó a Henry Molaison, de 27 años, incapaz de formar nuevos recuerdos. Vivió atrapado en un presente perpetuo. Su caso cambió la forma en que entendemos la memoria y la identidad. Cuando se cumplen cien años de su nacimiento, recordamos al hombre con el cerebro más estudiado de la historia.
Henry estrecha la mano del doctor por primera vez. sonríe, se presenta. Diez minutos después, el doctor vuelve a entrar en la habitación y la secuencia se repite. Henry estrecha su mano, sonríe, se presenta. Para ese hombre, el paciente Henry Gustav Molaison, todo vuelve a ocurrir por primera vez.
Es la primavera de 1955 y Molaison ha regresado al hospital de Hartford, en Connecticut (Estados Unidos), para someterse a una evaluación psicológica rutinaria con el neurocirujano Karl Pribram. La entrevista transcurre con normalidad. Henry responde con educación y resuelve problemas sencillos.
Han pasado veinte meses desde la operación que pretendía acabar con la epilepsia severa que padecía desde los 9 años, cuando fue atropellado por una bicicleta; las convulsiones le impedían llevar una vida normal. El chico que ayudaba a sus padres con la compra o arreglaba el jardín ya no podía trabajar ni conducir, ni siquiera llevar una vida autónoma.
Ampliar
A los 27 años, Henry, desesperado, había entrado en un quirófano para someterse a una intervención experimental. El neurocirujano William Beecher Scoville decidió extirpar dos pequeñas porciones de su cerebro, una a cada lado de la cabeza, incluyendo los hipocampos. Nadie sabía con certeza qué función cumplían aquellas estructuras profundas. En aquellos años, la mente seguía siendo un territorio inexplorado. Pero la operación funcionó: las convulsiones desaparecieron, el dolor había remitido y su comportamiento era estable. Henry se sentía bien, podía leer, razonar… sonreír. Pero algo falló.
Mientras Molaison se recuperaba de la intervención en su casa, con sus padres, en un entorno controlado que conocía antes de haber sufrido la extirpación cerebral, todo parecía normal. Los parámetros estaban dentro de lo esperado. Pero cuando regresó al hospital para la evaluación psicológica se hizo evidente el problema: cada experiencia nueva sucedía siempre por primera vez para Henry. Era incapaz de generar nuevos recuerdos. Todas las personas que conocía, cada conversación que mantenía, todo lo que le sucedía, simplemente se evaporaban de su mente de inmediato.
El doctor Pribram alertó a Scoville, el cirujano, que entendió enseguida que aquello no era un detalle menor. Durante la operación –que aun siendo experimental y consentida fue polémica por arriesgada– había extirpado algo más que el origen de las convulsiones. Había tocado una función desconocida. Buscó una segunda opinión.
Ampliar
Esa misma noche, dos nombres claves de la neurociencia tomaron un tren nocturno desde Montreal hasta Hartford: Wilder Penfield, el cirujano que había cartografiado el cerebro humano con pacientes despiertos, y Brenda Milner, una joven psicóloga con formación matemática y una intuición poco común para detectar patrones donde otros solo veían anomalías. Brenda Milner conoció a Henry en una habitación de hospital. No parecía enfermo. No parecía confundido. Era educado, tranquilo, atento. Respondía a cada pregunta con cuidado y se esforzaba por hacerlo bien.
Pero cada vez que Milner se levantaba, cruzaba la habitación y volvía a sentarse frente a él, Henry la miraba como si acabara de aparecer. No había rastro de familiaridad. No había continuidad.
Milner comenzó a someterlo a una batería sistemática de pruebas, y las repitió durante años. Pronto quedó claro que Henry podía retener información durante unos segundos: repetir una serie de números, seguir una conversación breve, resolver un problema sencillo. Bastaba una interrupción mínima –un silencio, un cambio de tema– para que todo se esfumara.
Desde ese momento, su vida quedó suspendida en un presente perpetuo. Ya nunca pudo volver a conocer a nadie. Cada rostro era siempre un nuevo rostro. Cada nombre, un nombre recién escuchado.
Ampliar
Brenda Milner siguió analizando su mente sometiendo a Henry a innumerables pruebas. Y entonces ocurrió algo inesperado. En uno de aquellos experimentos le pidió que trazara una línea entre dos contornos de una estrella de cinco puntas observando su mano únicamente a través de un espejo. La tarea es difícil incluso para personas sin alteraciones de memoria. Henry falló una y otra vez. Dijo que nunca había hecho nada parecido.
Al día siguiente volvió a intentarlo. Su trazo fue mejor. Henry aseguró no recordar haber practicado nunca aquella tarea. Dijo que era la primera vez que veía aquella estrella, aquel espejo, aquel lápiz. Y, sin embargo, su mano se movía con menos torpeza, con más destreza.
Para Brenda Milner, aquello era desconcertante. No encajaba con nada que hubiera visto antes. Henry decía no recordar la tarea, pero su mano la repetía con menos errores. Algo estaba aprendiendo sin dejar rastro en su conciencia. Poco a poco empezó a tomar forma una idea incómoda: en el cerebro humano no existía una sola memoria. Henry podía aprender sin recordar lo que había aprendido.
Aquello significaba algo más. Significaba que el hipocampo –esa estructura profunda que Scoville había extirpado casi por completo– no era un simple almacén de recuerdos, como se había creído durante décadas. Era, en realidad, una puerta de entrada. Sin él, Henry podía conservar lo aprendido antes de la operación, pero era incapaz de fijar nada nuevo en su memoria consciente. En cambio, su cuerpo seguía aprendiendo. Sus manos, sus gestos, su coordinación mejoraban sin que él tuviera constancia de ello.
El caso de Henry demostró que la memoria no es una sola cosa. Que existen recuerdos que se saben –los hechos, los nombres, las experiencias– y otros que 'se hacen', que se incorporan sin pasar por la conciencia. Dos sistemas distintos, alojados en circuitos diferentes del cerebro. Uno, frágil y narrativo. El otro, silencioso, persistente.
A partir de entonces, su vida se organizó en torno a ese presente perpetuo. Vivió primero con sus padres, luego con un familiar y, finalmente, en una residencia. Ayudaba en pequeñas tareas, paseaba, veía la televisión. Podía orientarse en espacios conocidos recurriendo a lo que había aprendido antes de 1953. Todo lo demás se desvanecía.
Le tranquilizaban los crucigramas. Hacía dos al día, a veces más. Siempre seguía el orden de las instrucciones. Siempre resolvía pistas anteriores a 1953. Al final de su vida encontraron en una cesta atada a su andador un libro de crucigramas y el bolígrafo que llevaba siempre consigo.
No fue consciente de la muerte de sus padres. No sabía que había envejecido. No reconocía al hombre que le devolvía la mirada desde el espejo. No podía situarse en el tiempo más allá de aquel año detenido. Y, aun así, seguía siendo Henry.
Era educado, sensible, tímido. Abierto a una broma. En una ocasión, mientras un investigador comentaba lo interesante que resultaba su caso, Henry –que estaba allí– se sonrojó ligeramente, murmuró que no creía ser tan interesante y pidió irse a casa.
Durante más de cinco décadas fue sometido a pruebas, exámenes, estudios. Cada uno de ellos fue, para él, siempre la primera vez. Para la ciencia, no.
Henry Gustav Molaison murió el 2 de diciembre de 2008, un martes por la tarde, a las 17:05, en la residencia de Windsor Locks, en Connecticut. Tenía 82 años. Para él, seguía teniendo 27.
Durante décadas había sido conocido solo como el paciente H. M. Su identidad no se reveló hasta después de su fallecimiento. Murió sin recuerdos. Tal vez con la mayor de las soledades humanas: la de no poder recordarse a sí mismo.
Y, sin embargo, dejó algo imborrable. La ciencia entendió que la memoria no es una, sino muchas. Que la identidad es frágil. Y que, a veces, el conocimiento avanza no gracias a quienes recuerdan, sino gracias a quien olvidó casi todo, excepto su nombre.
Sobre la firma
Madrid (1989). Licenciado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid y productor de televisión, radio y espectáculos. Desde 2015 ha colaborado en la sección Innova+ de los regionales de Vocento y ha trabajado en la sección de Antropía. Actualmente escribe en la sección de contenidos web de Actualidad.
Más de
Marcos Lupión, informático
Carlos ManUel Sánchez en colaboración con fundación BBVA / Foto: Fundación BBVA
Vivir sin memoria
José A. González
El escándalo que ha salpicado el estreno del documental sobre la primera dama
Fernando Goitia
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia