Arte
¿Virgen o mártir? El misterio de la 'Gioconda' de Rafael
En 1682, un pintor cuya identidad se desconoce transformó 'La dama del unicornio', de Rafael, en un retrato de Santa Catalina. La mutación de la obra, considerada la 'otra Gioconda' sigue siendo un enigma que ha fascinado a varias generaciones.
Isabel Navarro
Cada época tiene su forma de acercarse a un cuadro. Cambia la mirada. Cambia el enfoque. Lo que no es tan habitual es que sea la obra la que mute ante nuestros ojos. Rafael pintó La dama del unicornio entre 1505 y 1506, y adoptó para el retrato la misma pose, composición y organización espacial que Leonardo da Vinci empleó para la Mona Lisa (no sabemos si como homenaje, influencia o plagio). Le dio, eso sí, una expresión muy distinta, pues si la del Louvre es conocida por su enigmática sonrisa, la de Rafael se caracteriza por su rictus severo. La obra (que pertenece a la Galería Uffizi de Florencia) forma parte de la ambiciosa retrospectiva que el MET de Nueva York dedica al maestro de Urbino, donde se ha reavivado el debate acerca de la identidad de la protagonista de La dama del unicornio.
El unicornio simboliza la pureza de la joven, pues, según la tradición medieval, la única forma de capturar a la criatura mitológica era usando a una doncella como cebo
Algunos piensan que la modelo sería la hermana del pintor, Elisabetta; otros, que es Julia Farnesio, la amante del papa Alejandro VI o, más probablemente, Laura Orsini, su hija ilegítima, cuyo mechón de pelo rubio se conserva todavía en un relicario en la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Todo indica que se trataría del típico retrato de compromiso donde el unicornio simboliza la pureza de la candidata, ya que, según la tradición medieval, la única forma de capturar a un unicornio era usar a una virgen como cebo.
Rafael la concibió así, pero en 1682 un artista desconocido decidió alterar la narrativa de la obra y ocultar el unicornio bajo una densa capa de pintura. En su profanación del cuadro, el pintor 'X' incluyó, además, una serie de objetos asociados con santa Catalina de Alejandría, una mártir del siglo III perseguida por convertir a eruditos paganos al cristianismo y célebre por sobrevivir milagrosamente a la tortura de una rueda con cuchillas, que se rompió cuando el emperador Majencio intentó ejecutarla. Para completar la transformación, el pintor añadió sobre los hombros de la joven un pesado manto con el que cubrió la piel de los brazos y sus formas femeninas.
Con su intervención, 'La dama del unicornio' desapareció durante más de dos siglos y en su lugar emergió una pintura sacra. Tendríamos que esperar más de dos siglos, hasta la década de los treinta del siglo XX, para que un análisis de rayos X detectase al unicornio desaparecido.
Un descubrimiento que hizo caer el velo de su piadosa impostura. Pero una nueva sorpresa llegó en los años cincuenta, cuando, ya eliminado todo rastro del disfraz de santa Catalina, un nuevo análisis reveló que el propio Rafael había pintado inicialmente en el regazo de la joven un pequeño perro faldero de orejas caídas, símbolo de fidelidad conyugal. Se desvela así el último pentimento ('arrepentimiento' en italiano) de la fascinante 'Gioconda' de Rafael, una nueva capa de esta identidad movediza de quien puede que fuera, o no, Laura Orsini; quien puede que fuera, o no, doncella o fiel esposa; pero hace tiempo que dejó de ser una santa.
Fascinación compartida
En su libro de Historia de cronopios y famas Julio Cortázar escribe sobre este cuadro: «Para pintarla con verdad, Rafael Sanzio agregó el unicornio, símbolo de castidad, cordero y narval a la vez. (...) Y este unicornio mata a su dueña, penetra en su seno majestuoso con el cuerno labrado de impudicia. (...) Lo que esta mujer sostiene en sus manos es la copa misteriosa de la que hemos bebido sin saber, la sed que hemos calmado por otras bocas, el vino rojo y lechoso de donde salen las estrellas, los gusanos y las estaciones ferroviarias».