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Patente de corso

Con solas sus espadas y sus dagas

Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte

He escrito alguna vez que una biblioteca no es un almacén de libros leídos, sino una herramienta, un refugio y un proyecto de vida. Contiene lo que te educó e incluso cambió el carácter, lo que ayuda a comprender el mundo, lo que consuela y protege, lo que entretiene o divierte, lo que aún esperas conocer si vives para que ocurra. Causa melancolía, cuando llegas a una edad, comprender que muchos de esos libros que tienes cerca, que te acompañan a la espera de su oportunidad, quizá no llegues a leerlos nunca. Pero son las reglas. Lo importante es que estén ahí, arropándote como amigos a los que recurrir en caso necesario.

Extraño lugar esta España, en fin, donde las tragedias nos hacen mejores y la bonanza nos envenena

Repaso la mía de vez en cuando, pues una biblioteca desordenada, de la que pierdes el control, es un desastre. Los reordeno, doy sitio a ... los recién llegados, mantengo a la vista los más útiles o favoritos, acaricio agradecido los que con el tiempo dejé atrás, superados por otros que vinieron luego. Y mientras hago eso me detengo a leer algunas páginas. Ocurrió ayer con una antología poética del Siglo de Oro, cuando di con un poema en el que dos veteranos de los tercios de Flandes echan pestes de su vida soldadesca, de España, del rey, de las pagas que no cobran, jurando que no volverán a alistarse en otra campaña. Y sin embargo, al final del relato, los vemos de nuevo batiéndose el cobre con heroica resignación.

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