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Patente de corso

La primera injusticia

Arturo Pérez-Reverte

Dije alguna vez, y si no, lo digo ahora, que un escritor es lo que lee, lo que vive y lo que imagina. Por lo menos tal es mi caso, y con esos ingredientes –en lo de leer pueden incluir el cine y sus derivados– escribo novelas. Pero nada pasa en crudo al libro, y por esto señalo con frecuencia que es un error buscar con exactitud a un autor en sus relatos y personajes, en lo que éstos hacen o dicen. La escritura, buena o mala, es una ficción donde lo real, a menos que sea autobiográfico –y en ese caso, desconfíen todavía más—, suele ser sólo unas gotas de vida propia mezcladas con otros elementos, diluidas en la trama, refundado todo en el resultado final que conocemos como literatura.

Son cosas que te marcaron y afloran tarde o temprano; que compusieron tu punto de vista, la mirada con la que ahora cuentas historias

Hay, sin embargo, detalles vinculados a lo real: recuerdos, influencias, sensaciones. Pueden estar más o menos manipulados en el texto, pero su base es auténtica. ... Ahí es donde intervienen la experiencia y la memoria del autor. Me pasa a mí como a cuantos le dan a la tecla: cosas que te marcaron y afloran tarde o temprano; que compusieron tu punto de vista, la mirada con la que ahora cuentas historias. Pensé en eso hace unos días, cuando un lector dijo que en mis novelas la Justicia –con mayúscula, pero también con minúscula– nunca sale bien parada, y que suelen ser mis personajes quienes, cuando pueden, arreglan de modo privado sus cuentas. Tras escuchar eso me quedé pensando, y concluí que tal vez ese lector tenga razón. Y entonces pensé en doña Micaela.

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