El año entrante siempre puede ser peor que el que ya se ha ido, pero casi nadie contempla esta posibilidad. La esperanza y el optimismo son mayoritarios en todas partes de Occidente, al menos hasta que enero dobla la esquina. Luego ya cada uno se vuelve a su barrio.
Los optimistas siguen erre que erre, inasequibles al desaliento pese a las trompadas de los lunes y los jueves; y los más oscuros se van ... ennegreciendo, pasando pronto del color del huitlacoche al de unos buenos calamares en su tinta.
Lo que diferencia la cocina de otros ámbitos de la de la vida diaria es que todo siempre tiene remedio. El optimismo puede triunfar el año entero y de las mismas se puede ser solidario con el planeta azul que nos cobija y que tanto sufre. De unos restos de carne asada, superviviente de varios días de nevera, aún se pueden esperar unas buenas croquetas o una ropa vieja, y con lo que quedó del pollo de anteayer se puede triunfar a lo grande con un caldo o con una ensalada César. No hay pan duro. Lo que falta es imaginación, recuerdos o ganas de trabajar un poquillo.
Con la hogaza que trajo el cuñado de la última tahona de moda en el barrio salen treinta platos, desde migas, pasando por sopas de ajo, torrijas o un pudín de pan. Eso sin meternos en líos técnicos de fermentaciones o uso de hongos como el koji, que generan enzimas con las que podemos obtener desde misos de pan hasta bebidas con y sin alcohol. En cuanto algo se ponga feo o sin aparente remedio, pongámonos manos a la obra. Seguro que en la cocina se nos ocurre alguna solución y si no, al menos, tendremos lista una buena cena.
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