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Pequeñas infamias

Desnudar a un demonio para vestir a otro

Carmen Posadas

Como todas las abuelas, estoy puestísima en pelis para niños y adolescentes, y eso me da una cierta ventaja a la hora de calibrar el modo en que la sociedad prepara a las nuevas generaciones para enfrentarse a un asunto nada baladí como la maldad. Desde aquellos remotos tiempos cuando la gente se reunía en torno al fuego a contar historias, una de las finalidades del rito era advertir a los jóvenes de que el mundo no es un cuento de hadas. O, mejor dicho, sí es un cuento de hadas, pero en su versión más cruel.

Por la corrección política y la sobreprotección a la infancia, los malos han desaparecido de los relatos infantiles

Por eso, y por ejemplo, en la versión original de los cuentos que todos hemos leído, los padres de Hansel y Gretel los abandonan en ... el bosque y allí, hambrientos y desolados, encuentran a una viejita encantadora que tiene una casita de chocolate, pero que resulta ser una bruja caníbal. También los padres de Pulgarcito dejan a sus siete hijos en el bosque «porque no los pueden alimentar», y por supuesto en Caperucita roja el lobo se zampa no solo a la anciana enferma, sino también a la propia incauta justo después de que ella diga aquello de «… pero qué boca tan grande tienes, abuelita…».

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