Pequeñas infamias
Galgos o podencos
Carmen Posadas
Seguro que recuerdan esta vieja fábula de Iriarte: dos liebres sentadas sobre una valla discuten si los perros que ven acercarse peligrosamente son galgos o ... podencos. «Que te digo que son galgos». «Que no, boba, son podencos, ¿no lo ves?». Y, enzarzadas en tan estéril discusión, olvidan lo único importante: poner pies en polvorosa para no acabar devoradas por los perrazos.
Como la naturaleza humana ha cambiado poco desde los tiempos de Iriarte (e incluso desde los remotísimos tiempos de Esopo), aquí tenemos a nuestros políticos de un signo y de otro emulando a tan tontas liebres. Con media España devorada por las llamas, a ellos le das por polemizar: «Es todo culpa del cambio climático», argumenta enfático el gobierno mientras la oposición, igualmente enfática, disiente: «El cambio climático no existe». «¡Cómo que no existe! ¡La derecha es negacionista!». «¡Y la izquierda es analfabeta, el clima siempre ha cambiado, desde que el mundo es mundo y no pasa nada!». Y, mientras ellos se tiran los trastos, el ciudadano, harto de tanta politiquetería insufrible, se pregunta: ¿qué más da si el cambio climático existe o no existe, qué más da si incendios tan explosivos y reiterados se deben a una causa o a otra, si lo que ve cualquiera que tenga ojos en la cara es que son cada vez más devastadores y trágicos? Una tragedia anunciada, además, porque no hace falta ser ingeniero de montes para deducir que, después de una primavera e invierno especialmente lluviosos, las posibilidades de que el monte bajo se convierta en yesca se multiplican por mil.
No hay que ser bombero para entender que los incendios forestales se apagan en invierno
Tampoco hay que ser guardia forestal ni bombero para entender que los incendios se apagan en invierno y que la única manera de que no se produzcan es previniéndolos. Pero no. Los políticos a lo suyo, que es dar la turra con cambio climático sí, cambio climático no, y de este modo llegará el verano del año próximo y estaremos en las mismas. Porque las medidas que hay que tomar para prevenir nuevas desgracias son una lata y entrañan mucho trabajo. Como crear cortafuegos, o favorecer el pastoreo y recurrir a rebaños de ovejas o cabras que se alimenten de hierbas secas y matorrales, que son el combustible que acelera los incendios.
También es necesario cambiar algunas disposiciones absurdas pensadas para contentar a ecologistas a la violeta empeñados en proteger el hábitat de ranas y coleópteros antes que el de los seres humanos. Pero, claro, es mucho más fácil discutir entre ellos y trompetear planes vacuos.
Yo, por ejemplo, cada vez que alguien dice que es perentorio tomar medidas inmediatas, como crear un Gran Pacto Transversal y Nacional contra el Cambio Climático, me pongo a temblar. Porque sé, como lo sabe usted y lo sabemos todos, que dada la perpetua escenografía política en la que vivimos, después de posar para la foto con casco y chaleco ignífugo, cada cual volverá a sus ministerios y a sus gabinetes y no hará nada. Y si hace es hasta peor, porque aquí es donde entra en juego la temible burocracia. Como cuando deciden crear un comité. Uno (o dos o tres o siete, qué más da, será por comités) para «estudiar la situación». Uno que estará formado por 'expertos' y del que, por supuesto, estarán excluidos los representantes de organizaciones del mundo rural y personas que conozcan el terreno (bomberos, agricultores, ingenieros forestales o personas afectadas). No, no, para qué consultarles, qué sabrán ellos. Los expertos, en cambio, son unos señores que, pisando moqueta en vez de montes y vaguadas, desde sus despachos de Madrid o Bruselas, dictan qué ha de hacerse en un bosque de Toledo, Mykonos o Baja Baviera, porque total qué más da, así, a ojo, todos son iguales…
En resumen, mientras políticos de uno y otro signo se pelean por quién tiene razón con respecto a la causa de la climatología extrema que sufrimos, henos aquí los pasmados ciudadanos asistiendo a esta estúpida partida de ping-pong. Una que se repetirá cuando llegue el otoño y con él las lluvias y las inundaciones porque, por supuesto, tampoco se habrán limpiado los barrancos ni tomado medidas para que los ríos no se desborden (debe de haber por ahí unos renacuajos que proteger, o algo así). En resumen, que volveremos a ver a nuestros compungidos líderes con chaleco, casco (y piraucho en este caso) haciéndose de nuevo la foto, cada uno con su mantra: ¡cambio climático sí!, ¡cambio climático no!, ¡son galgos!, ¡no, son podencos! Mientras, unos por otros y los montes sin limpiar. Tampoco barrancos, cauces, cunetas, zanjas, alcantarillas ni nada de nada. Porque ¿para qué molestarse en tomar ninguna medida precautoria si con sus tontas coartadas pueden seguir echándose la culpa unos a otros y de paso rascar un puñado de votos?